sábado, 19 de julio de 2014

Escrituras del yo (I): MIENTRAS CORRO

What happened to the funny paper?

  Dos veces por semana corro cuatro kilómetros por un camino que aquí llaman de la Costa. Acompaña en paralelo al río San José y luego de dirigirse hacia el este gira hacia el sur para desembocar en la ruta 45.
  Cosas bastante impresionantes han ocurrido allí. De algunas prefiero no hablar. Y prefiero no hablar porque simplemente tengo miedo.
  Eso del miedo es porque elijo una extraña hora entre penumbras para correr.
  En la parte del camino que va de este a oeste, cercano al mojón del kilómetro tres, hay una pequeña construcción que recuerda a un chico que hace varios años murió en un accidente. Las flores están siempre frescas. Me parece ver unas manos de mujer colocándolas en su lugar. Aunque nunca he visto a nadie.

Saw you on the TV station and it made me wanna pray…

  Aprovecho para rezar mientras corro. No lo hago porque sea católico. Lo hago por un simple y genuino temor a Dios. No está de moda el temor a Dios. Y menos si es de los inculcados a puro dogma por una catequista medio maléfica como la que tuve en suerte, aunque la recuerdo con cariño.
  Rezo el Padrenuestro. Después el Avemaría. Después dos oraciones que inventé yo mismo. Termino con el ángel de la guarda. Todo esto no dura más de medio minuto a una dicción mental ultrarrápida, por lo que repito las oraciones en cuatro o cinco series de diez mientras hago todo el recorrido.
  Cuando paso por la pequeña construcción dedico un pensamiento al chico muerto. Iba en moto a trabajar al frigorífico y una vaca se le atravesó. Así de poco trágica puede ser una muerte. Así de vacua e inexplicable.
  Siempre le pregunto a Dios acerca de aquello, mientras le rezo. Y siempre me responde lo mismo: silencio. Hay quienes dirán que eso no es una respuesta. Pero lo es.

I know you from another picture…

  En ocasiones, en vez de correr agarro la bicicleta. Entonces tengo que cuadruplicar el kilometraje. Llego hasta el punto en que el camino dobla hacia el sur y avanzo hasta que termina el bitumen. O sea, seis o siete kilómetros más.
  Odio tener viento a favor hacia el sur, mientras me alejo. Porque el viento a favor te da la sensación de que podés llegar adonde quieras.
  Pero después tenés que volver, querido amigo. Con viento en contra.
  Recuerdo un mediodía soleado con viento a favor. Mi bicicleta es una Seagull china, toda de hierro y con frenos de varilla. En reposo, es de las cosas más pesadas del mundo. Pero andando es otra cosa. Se desliza fácilmente.
  Ese día había resuelto avanzar un poco más allá del bitumen. Cuando iba más o menos la mitad del camino que había planeado pasé por un rancho. Una casa o un rancho. O ambas cosas. Había un transparente justo frente a la entrada principal. Y del transparente colgaba, por su cuello, un lagarto enorme.
  Miré de nuevo para cerciorarme.
  El animal estaba inmóvil. Seguramente el dueño del rancho lo había dejado como advertencia para otros. Aunque no sé si un lagarto puede razonar con la facilidad de aquel hombre.
  Me vino miedo y me di vuelta.


I guess you didn´t see it coming…

  He tenido algunas malas sorpresas en el camino.
  Una vez le pasé por encima, a pocos centímetros, a una serpiente enroscada. El animal pegó el salto en la dirección contraria y quedó desplegada sobre la ruta. No era muy grande pero igualmente impresionaba. Le saqué un par de fotos con mi anterior celular.
  Otro día, en la cabecera de un pequeño puente que hay pasando el segundo mojón, justo en la curva que desemboca en calle Treinta y Tres, habían hecho una macumba. Allí estaban los restos amorfos de una gallina, maíz, bolsas varias, velas derretidas y pegadas a la pequeña vereda del puente. Un escenario ciertamente singular. Recuerdo que esa vez pensé en por qué no volvía a correr en el parque, como el noventa y nueve por ciento de las personas que corren en esta ciudad.
  El parque es un ambiente mucho más civilizado. Un lugar al que uno va y simplemente corre.
  En el Camino de la Costa, en cambio, hay muchas, muchísimas operaciones mentales aguardando. Acechando. Muchas imágenes. Muchas especulaciones. Muchas preguntas.
 

The drift wood in your eyes said nothing short of love for pain

  Una gallina en un rito es algo extraño, pero algunos pueden tolerarlo.
  Un lagarto colgado del cogote, si es el lagarto que te come las gallinas, puede pasar.
  Pero en el camino hay algunas cosas peores. Porque cada tanto, flotando en el curso de agua que pasa debajo del puente, puede verse una bolsa de plastillera atada por la boca. Son perros. Probablemente cachorros que alguien no quiere cuidar. Les pegan con un palo en la cabeza, los meten a la bolsa y los arrojan. Y nadie los saca del agua.
  Intento hablar con Dios de nuevo. Sé que hay otro silencio esperándome por algún lado, y lo quiero.
 
We used to read the funny papers.

  Siempre escucho a los Red Hot Chili Peppers mientras corro o ando en bici.
  Hubo una época para las otras bandas. Sobre todo los Gun´s, que me acompañaron en aquellas corridas juveniles en pos de un esquivo puesto entre los cinco titulares de los varios cuadros de básquetbol en los que intenté jugar. También, mucho más tarde, habría lugar para U2, los Cranberries, REM.

  Pero desde hace ya varios años ningún álbum es tan bueno para correr como el Stadium Arcadium. Aunque el I´m with you se la emparda.  

sábado, 10 de agosto de 2013

UN POCO DE MITOS IRLANDESES nunca viene mal

La mitología céltica es un interesante y complejo legado de leyendas, creencias y poesía que puede abarcar territorios tan disímiles como las Galias francesas, el norte Irlandés, el País de Gales, o los míticos Cornualles británicos, donde se amaron Tristán e Isolda después de beber el filtro de amor. Todas estas regiones ostentaban como rasgo común el uso de la lengua celta, lo que las identificaba como herederas de cierta estructura socio-cultural común, ya que no de un tipo racial propio. Es posible vislumbrar los innumerables puntos de contacto del ciclo mitológico irlandés, muy particular dentro de la cultura céltica en general, con los mitos griegos anteriores en el tiempo. Estas analogías, que han sido investigadas y reinterpretadas por historiadores, poetas y narradores de diverso origen, encajan dentro de lo que C. G. Jung denominaba como “construcciones arquetípicas”, unidades de conocimiento intuitivo que se repiten en todas las culturas, o, como quería Platón, modelos primordiales y eternos de las cosas. LOS HIJOS DE DANA. En los tiempos antiguos, dos tribus ocupaban las que más tarde se denominarían Islas Británicas. Eran dos tribus rivales, cuyos nombres eran Formoré y Nemeds. Enfrentados desde el inicio de los tiempos, en la isla de Tory se desató el episodio final, conocido como la batalla de Mag Tured, a la que otros denominan como matanza de la Torre de Conaan, y en donde los Formoré arrasaron a sus enemigos. Los treinta sobrevivientes de los Nemeds, divididos en tres grupos, partieron tras la derrota hacia nuevas tierras donde establecerse. Así, uno de los grupos, al mando de Britain, se estableció en lo que hoy es Inglaterra; un segundo grupo, los Firbolg, que puede traducirse como “los hombres de Bolg”, habrían ocupado la actual Irlanda; finalmente, la última de estas razas sería la de los Tuatha de Danaan, hijos de la diosa Dana, quienes aparecerían de nuevo en los territorios perdidos con la intención de vengar la derrota anterior. ¿Y quién es Dana? Muchos autores la identifican también con el nombre de Brigit. Dana, o Brigit, es una típica diosa céltica, cuya feminidad la eleva incluso por encima de los demás dioses tutelares, que en general descienden de ella. Los Tuatha de Danaan, sus hijos, evolucionarían hasta convertirse ellos mismos en dioses. Tres de los hijos de Dana son muy conocidos en este círculo de leyendas. Sus nombres son Brian, Iuchar y Uar, aunque a veces se los designa también como Brian, Iucharba e Iuchair. Entre las prerrogativas de Dana estaba la de regir todo lo que hoy llamaríamos literatura. Los tres hijos engendraron, a su vez, un solo hijo común, conocido como Ecné: ciencia o poesía. De la tríada formada por Brian, Iuchar y Uar, es el primero el que concita más importancia como dios de lo luminoso y lo divino, mientras que los otros dos son un simple desdoblamiento acorde a criterios funcionales. El número tres, con la misma connotación cristiana de tres que forman uno, está también presente en la mitología irlandesa en relación a estos hijos de Dana. El culto de Brigit, nombre popular de Dana, fue absorbido por la reconversión mística que el cristianismo propició durante la alta edad media, con el fin de que los pueblos del antiguo imperio romano no resistieran la nueva religión. A tales efectos la diosa pagana Brigit derivó en Santa Brígida, que pasó a ser adorada con carácter nacional. FAMILIAS COMO CUALQUIERA. Balar es un dios proveniente de la raza de los formoré, caracterizado por su deslealtad y sus extraños atributos físicos: un solo ojo en la frente, con las funciones habituales de cualquier ojo, y otro en la parte posterior del cráneo, este sí con características especiales, ya que era portador del mal y debía permanecer cerrado. Al abrirlo, lo que Balar hacía en momentos de enojo, su mirada era mortal para aquel en el que se fijara. El punto de contacto con el mundo griego lo da la analogía con el mito de la gorgona Medusa, cuya mirada petrificaba a los hombres que se cruzaban con ella, y que debió ser muerta por Perseo a pedido de Polidectes. Se cuenta en el mito irlandés que Balar, cuyo tamaño era mayor que el de los hombres, mató al rey Nuadu con su mirada de rayo. Lug, que era nieto de Balar, decidió vengar a Nuadu y se aproximó por detrás ya que el ojo maligno, después de su pérfida hazaña, se había vuelto a cerrar. Al advertir el movimiento de Lug, Balar intentó abrirlo otra vez, pero su nieto fue más rápido: le arrojó una piedra con su honda, atravesándole la cabeza a través, justamente, del ojo semiabierto. Una nueva honda, en manos de un nuevo David, mató a un nuevo Goliat. Pero esta versión de los hechos es refutada por cierto relato irlandés que redimensiona los personajes y les proporciona otras vicisitudes. Al parecer cierto adivino había anunciado a Balar que sería asesinado por su nieto, quien aún no había nacido. Así las cosas, Balar mandó a encerrar a Ethné, su única hija, en una torre de piedra inexpugnable que mandó a construir en la isla de Tory. Ordenó entonces que su hija fuera asistida por doce mujeres, quienes tenían instrucciones precisas de no mencionar una sola palabra acerca de la existencia de los hombres. Ninguna de ellas trasgredió estas órdenes, pero no contó Balar con que la prisión se hallaba en lo alto de la isla, y desde allí Ethné usualmente divisaba los navíos que surcaban el mar y veía que los conductores de aquellos navíos eran seres diferentes a ella y a sus doce esclavas. Mientras tanto, Balar, que vivía en la misma isla y era un dios signado por la crueldad y el desatino, se dedicaba a molestar todo el tiempo a los demás hombres y dioses que estaban a su alcance. Un buen día llegó a sus oídos la historia de cierta vaca lechera cuya abundante producción era la novedad en Irlanda entera. Así fue que cruzó hasta la costa irlandesa, donde vivía el dueño de tan portentoso animal, un tal Mac Kineely, hermano de Gavida, el herrero, y de Mac Samthainn. Mediante una serie de ardides, Balar logró apoderarse de la vaca cuando estaba siendo vigilada por uno solo de los hermanos, a quien fue sencillo engañar. Mac Kineely decidió vengarse, presentándose en la isla vestido con ropas de mujer. Con la complicidad de un hada logró penetrar en la torre donde estaba Ethné, de quien se enamoró inmediatamente. Como resultado de esto, Ethné quedó embarazada. Más tarde dio a luz tres hijos, tres nietos de Balar, por falta de uno. Advertido el dios de estos sucesos, las represalias no tardaron en llegar. Balar envolvió a los tres niños en una tela que ató con un prendedor; acto seguido ordenó que fueran arrojados a los abismos marinos. Pero Balar no contaba con que el prendedor fallaría y uno de los niños se salvaría de la muerte rescatado oportunamente por el hada que antes había intervenido a favor de su padre. El hada, cuyo nombre nunca es mencionado, presentó el niño a Gavida, el herrero, para que lo educara. Mientras tanto la mano vengativa de Balar dejó sentir su peso sobre Mac Kineely, a quien le fue cortada la cabeza como castigo por la afrenta realizada. Más tarde, Gavida y el niño aprendiz de herrero debieron trabajar para Balar como esclavos. Cierto día, estando el joven en la herrería, Balar comenzó a jactarse de sus hazañas. Provocó así la ira de Lug, el nieto ignorado, quien le introdujo una barra de hierro al rojo vivo a través de su ojo maligno, provocándole una muerte inmediata.

sábado, 3 de agosto de 2013

CAMPO

Cuando niño pasé la mayoría de mis vacaciones en la casa de mis abuelos en el campo. Se trataba de una pequeña porción de tierra de treinta hectáreas en la zona de Tranqueras Coloradas, a diez quilómetros de Raigón y a quince de San José. En mis primeros años, mis años sin hermano, mis padres me llevaban allí en bicicleta, sentado en un asiento especial que habían adozado al manubrio. De esos viajes solo recuerdo imágenes breves, apenas destellos del camino, tonos de verde, algunos árboles muy viejos y las palmeras del tramo de la ruta 11 que une el puente carretero con la estación de Raigón, y que todavía están allí. En años posteriores íbamos en una vieja cachila anaranjada de los años cuarenta con caja de madera que mi padre se había comprado con la intención de traer cosas de la quinta de mis abuelos para la casa de la ciudad. Verduras, leche en tarro, quesos, flores que mi abuela después vendía en el mercado. Mi lugar en la cachila era la caja, sentado sobre algún buzo viejo, alguna frazada de ocasión o algún tronco que cumpliera la función de taburete. La cachila no tenía amortiguación de ninguna clase. Picaba en cada pozo del camino y sus ruedas finas se empantanaban con facilidad en el arroyo que había que cruzar para llegar a los ranchos. Más de una vez hubo que uncir los bueyes para sacarla del atascamiento. Sin embargo, todo aquello tan problemático para los adultos no dejaba de tener su lógico atractivo. Mi abuela siempre tenía monedas para darme. Claro que debía hacer algo para conseguirlas. Algo como trabajar. Aprendí a ordeñar a mano. No había muchas vacas. Apenas diez o doce, de las que me tocaban solo tres o cuatro, mientras el Pocho (peón-socio de mi abuelo) se ocupaba del resto. Mi problema mayor consistía en evitar que las vacas recién paridas «subieran» la leche para sus terneros, lo que hacían endureciendo la ubre y aflojándola a voluntad. A las nueve regresábamos a la cocina del rancho para el segundo desayuno. Rato después volvíamos a las faenas de la mañana. El Pocho colgaba un enorme tacho de hierro de un trípode y preparaba la leña. Medía la cantidad de suero exacta para la leche que habíamos ordeñado y la cuajaba. Parte del líquido se hacía cremoso y luego había que cortarlo con una paleta de madera muy fina que se pasaba como dibujando pequeños cuadrados para un tablero de ajedrez gelatinoso. Entonces encendíamos el fuego y colgábamos un termómetro del borde del tacho. Había que alcanzar cierta temperatura (que ahora no recuerdo) y mantenerla estable durante un par de horas. La cuajada se iba achicando hasta que solo quedaba una pasta hecha de grumos que debíamos revolver durante una hora. Al final la colábamos y sujetábamos con unos paños amarillos, la apretábamos en una horma y después la prensábamos con piedras y maderas dispuestas para ello. Para entonces ya serían las once y media. Mi abuelo había dado de comer a las gallinas y regresaba de la quinta. Venía de arar la tierra con los bueyes o de carpir los yuyos con la azada. Traía en un balde negro algunas verduras que de inmediato limpiaba, pelaba y ponía en una olla. Mientras tanto mi abuela había terminado de limpiar los canteros de las flores y cocinaba el almuerzo o preparaba los pormenores para la carneada del fin de semana. Al mediodía todos amargueaban durante media hora, casi siempre en silencio, un silencio que era como un manso reproche al cansancio de la jornada. Comíamos escuchando la radio. CW 41 la mayoría de las veces. En ocasiones Clarín o Carve. Para ahorrar batería, la televisión se reservaba para la noche. Después del almuerzo era obligatoria la siesta, aunque la mayoría de las veces yo prefería cambiarla por una excursión por los montes, honda en mano. Hoy me arrepiento de haber matado pájaros de esa manera. Con gusto organizaría alguna charla o seminario dedicado a niños con esta abominable costumbre... porque ese es uno de los recuerdos más torturantes que me quedan de aquellos días felices. El sábado vendrían los vecinos, el Pelado Acosta, el tuerto Mascheroni, el tío Alfredo y mis padres. Era el día de la carneada. Se madrugaba para terminar el ordeñe bien temprano y quedar ya libres para el resto de las faenas. Lo primero era traer el ternero que sería faenado junto con el chancho. Recuerdo una vez en la que resultó realmente penosa esta labor... La vaca madre se llamaba Estrella, nombre que había obtenido gracias a una peculiar mancha en el costado. El animal sabía, presumo que por los preparativos, lo que ocurriría con su hijo. No había manera de separarlos y mi abuelo debió ensillar el caballo (el Sueño o el Malevo) para llevarse a la cría al potrero más chico y enlazarlo. Los mugidos de Estrella nunca se me borrarán de la memoria. Presenció la muerte del ser que había engendrado desde el otro lado del alambrado y, a la manera vacuna, lloró y murió también un poco. Con el chancho el tema era bien distinto. No había allí madre alguna para velar o lamentarse por él. Yo me escondía siempre en el dormitorio para no escuchar los gritos y la agonía. Creo que tenía miedo de que el animal se retobara y empezara a dar dentelladas para cualquier lado. Me parecía peligroso eso que hacían los hombres. Era otro mundo. FOTO: primer plano, tranquera principal del campo de mis abuelos. A lo lejos, los árboles que rodeaban los ranchos y los galpones (que ya no están). A un costado, mi sombra, 27 años después.

sábado, 13 de julio de 2013

SECCIÓN RESCATE: PROFECÍAS Y LITERATURA

La Égloga. Los proféticos Libros Sibilinos de la tradición latina se perdieron. Inspirado en ellos, Virgilio escribiría en el año 37 a. C. su famosa Égloga IV, una críptica profecía destinada a generar polémica y malos entendidos a lo largo de la historia y que transcribo a continuación traducida por Philéas Lébegue: Ya vuelve la última era de la predicción de Cumes, De nuevo comienza el gran orden de los siglos. Ya vuelve también la Virgen, vuelve el reinado de Saturno; Ya una nueva raza desciende del alto cielo. Tú, casta Luciana, favorece solamente al niño naciente Por el cual primero cesará la edad de hierro, Luego aparecerá la raza de oro por el mundo entero: Ya reina tu Apolo. Un siglo después, cuando las historias sobre Jesús de Nazareth comenzaban a conocerse en Roma, estos versos adquirieron estatus de premonición. Muchos vieron en aquel “De nuevo comienza el gran orden de los siglos./ Ya vuelve también la Virgen...,/”, etc., una visión profética del nacimiento del verdadero primus inter pares. Treinta y siete años antes (aproximadamente), Virgilio lo había escrito. Esta idea, defendida por los cristianos de los primeros tiempos, crece en popularidad hacia la alta edad media debido a la necesidad de sacralizar elementos culturales provenientes del paganismo. Con la misma lógica con que se readaptaron las fiestas saturnales, se redimensionaron los versos del poeta latino más importante de la antigüedad clásica. Ahora bien, ¿qué tal si dijéramos, siguiendo en esto a Carcopino (Virgile et le Mystere de la IVe Eglogue), que la mencionada composición es un intento de Virgilio de manifestarse condescendiente con un tal Pollion, quien recientemente había sido nombrado Cónsul, y que, además, iba a tener un hijo por esos días? Ese hijo, un tal Salonius, que provocó la creación de versos inmortales, no hizo nada extraordinario (por así decirlo), y murió muy joven. Dante, Estacio y Virgilio. En su obra, Dante condena a políticos que fueron sus enemigos (incluso todavía vivos en el plano de lo que llamaríamos la realidad al momento de la escritura de la obra), redime a alguno de sus violentos familiares, manda al Infierno a Papas y prelados e incluso llega a adjudicarse una visión de Dios, algo que otros grandes poetas y filósofos condenados por él mismo al limbo nunca llegarán a obtener (en su imaginario, Sócrates o Platón nunca llegarán a “ver” la Verdad; ¿acaso no se trata, para ellos dos al menos, del peor castigo de todos?). Es que Dante, lejos de aquel hombre confundido, perdido en la selva oscura en la mitad del camino de la vida, en realidad actúa como Dios. Haciendo gala de sus divinas facultades de juicio, en consonancia con la creencia medieval de que Virgilio había profetizado el nacimiento de Jesús, una de las invenciones más inteligentes del poeta tiene que ver con esa profecía. En el Canto XXI del Purgatorio Dante y Virgilio deambulan por el círculo donde los avaros pagan por sus faltas. En determinado momento los atemoriza un fuerte temblor de la montaña. Una sombra se les aproxima, explicándoles que lo que han percibido es el estremecimiento del cielo ante su propia alma, que se ha purificado por entero y cuya voluntad es la de ascender libre de las cargas de la culpa hacia el tercero de las reinos. Dante pide al espíritu recién llegado que se identifique. Ante la sorpresa de ambos, la sombra dice ser Estacio, el célebre poeta latino autor de una Tebaida y una incompleta Aquileida. Pero lo que más impresiona de este encuentro es la voluntad de esta alma de pasar más tiempo sufriendo los castigos del Purgatorio si por algún artilugio divino se le permitiera nacer de nuevo en los tiempos de su admirado Virgilio, de quien lo distanció un siglo, y a quien aun no ha podido identificar en aquella sombra que acompaña a Dante. Dante sonríe y explica que quien lo acompaña es justamente Virgilio. Estacio quiere arrodillarse pero Virgilio lo impide y le pregunta cómo es que un poeta latino, cuyas obras no dejan traslucir ningún rasgo de cristiandad, ha sido premiado con el ascenso a los cielos. Y aquí viene la fantástica invención de Dante: Estacio, cuya admiración por Virgilio no conoce límites, ha sido iluminado por la IV Égloga. A su abrigo ha conocido a los primeros cristianos y ha compartido sus ideas. Por eso, a pesar de haber cantado a los mitos paganos (es curiosa la justificación de este hecho esgrimida por el propio Estacio), se encuentra a un paso de la salvación. Imaginemos por un momento lo que debe haber pensado Virgilio, la humilde resignación de la que tiene que haber sido capaz para tolerar que sea otro el que se salve mientras él, autor material de la Égloga IV, está condenado por toda la eternidad a prescindir de la visión de Dios. Imaginemos a Dante: a pesar de su admiración, no tiene otra opción que condenarlo. (Agosto de 2006)

sábado, 16 de marzo de 2013

SOBRE RECHAZOS Y LITERATURA

SOBRE RECHAZOS Y LITERATURA Cree el escritor estúpido (pero también el pintor estúpido, el escultor estúpido, el cineasta estúpido) que cada una de sus obras es como un hijo al que debe quererse como tal. Obviamente esto es no poder dilucidar bien el sentido de algunos aspectos de la vida. Los que somos padres y los que están en vías de serlo saben que el asunto no admite comparación. Pero la imagen del hijo me ofrece la posibilidad metafórica de jugar con algunas ideas y conceptos que ayuden, en todo caso, a ilustrar mejor lo que quiero decir. Hace cosa de dos o tres meses Lucía Germano, integrante del colectivo YA TE CONTÉ, me solicitó un relato inédito para que fuera incluido en la biblioteca virtual del proyecto. Es obvio decir que fue un gesto de interés por su parte que agradecí. Me propuse cumplir con el pedido y, después de demoras varias por vacaciones y cuestiones de la vida personal, encontré un texto eldoriano perteneciente a una serie de relatos nuevos que preparo sobre aquel planeta de mi primer libro. No me extenderé mucho sobre estos relatos, pues obviamente espero que alguna vez mis hijos hablen por sí solos y mis palabras no les estorben las suyas propias. Solo digamos que van en proceso y que Eldor es un mundo que, lentamente, crece. El relato fue rechazado por parte del equipo de YA TE CONTÉ. El encargado de pasarme la resolución colectiva fue uno de sus integrantes, Federico Giordano. En términos muy correctos y honestos me plantea, a grandes rasgos, que habiendo leído atentamente el relato, el mismo no les parece apropiado en su calidad. Asegura Federico que es un relato al que le falta tiempo de trabajo y que requerirá muchas correcciones. (No uso sus palabras porque debería haberle solicitado permiso, y no lo he hecho.) Cortésmente se ofrece a allanarme el camino marcándome sus sugerencias, en un futuro, porque de momento está ocupado en cuestiones de logística del emprendimiento. Pero Federico plantea una o dos cosas más que me parecen interesantes. Alude, por ejemplo, a que este relato, titulado “La Gran Tormenta”, “no hace justicia” con mis contribución anterior a la ciencia ficción-fantasía. “Hacer justicia” a una obra anterior es algo extraño. Es, habiendo tenido un hijo bueno, no poder engendrar ahora más que hijos malos que no resisten la comparación con el primero. No es la primera vez que alguien me plantea lo mismo sobre relatos de Eldor posteriores a aquellos de 2004 y 2005, publicados en 2006. Allá por el año 2008 presenté una compilación de cuentos eldorianos en Ediciones de la Banda Oriental con la intención de seguir construyendo aquel planeta y sus alrededores. Eran, ciertamente, más metafísicos y menos borgeanos (como me dijeron, aunque nunca he sido gran admirador de Borges, podría haber sido hasta un elogio…). Tenía la esperanza que, tras el buen recibimiento que había tenido Eldor, la misma editorial se interesara en continuar publicándome. El material me fue devuelto con la indicación de innumerables pasajes que habían generado dudas en el lector que los había evaluado y la sugerencia de que debía, si quería que los consideraran, trabajarlos más. Bueno… alguien asumía que no los había trabajado lo suficiente… alguien que tal vez no supiera que yo había estado dos años trabajándolos, bastantes horas al día. Meses después, allá por 2009, le hice llegar los cuentos a otra editorial: Trilce. Me informaron que la persona que los había leído (no mencionaron su nombre, pero sí que conocía mi obra anterior) opinaba que eran de calidad inferior y requerían, ¿adivinaron?, mayor trabajo… En esa misma época mis intereses de escritura se habían diversificado y había decidido terminar un par de novelas realistas de corte policial que tenía en stand by y comenzar un libro de remitificaciones (que posiblemente saldrá a la luz durante 2013). Los cuentos de Eldor, que parecían “no hacer justicia” con el Eldor anterior, quedaron allí, en espera de que pudiera o quisiera “trabajarlos más”. Durante el año 2012 contacté con el editor argentino Juan Manuel Candal, responsable de Reina Negra, quien en un principio se mostró interesado pero que después, apremiado por el tiempo y los presupuestos (algo de eso fue lo que entendí, pido disculpas si no fue así), no pudo dedicarle tiempo a la lectura de los textos. Entonces, tras la beca del MEC, decidí dedicarme a escribir durante un tiempo fijo que pretendo que sea diario. Básicamente busco escribir unas tres horas por día, en tres proyectos distintos. Uno de ellos es una novela que acabo de terminar, mi trabajo más extenso hasta ahora, que ya ha partido hacia su destino lógico: un concurso. Otro de mis proyectos es la vuelta al ruedo de Agustín Flores, que es un personaje que me ha generado un buen feedback con sus lectores-admiradores. Y el tercero es, justamente, una reformulación más seria del mundo eldoriano. A esta última serie pertenece el relato rechazado por el colectivo de YA TE CONTÉ, al que también, al parecer, le falta trabajo. Ahora bien… la intención de los artífices del proyecto YA YE CONTÉ es indudablemente buena. Pero hay algo en lo que se equivocan. No le falta trabajo. Tal vez el relato sea simplemente malo. Simplemente malo por varias razones. A lo mejor no convenza el estilo que parafrasea al neo-barroco de Carpentier (periodos, ritmo, repeticiones, etc.), el presunto tono irónico, el nombre ampuloso de los personajes (todo esto lo digo yo, no ellos, es decir, lo supongo). A lo mejor, ahora que he vuelto a leerlo después de algunos meses, son también cuestionables algunas frases demasiado borgeanas (uno de los personajes dice, por ejemplo, “no me es dado revelarte …”). Federico señala que el mayor acierto del cuento es algo así como la búsqueda de algo nuevo. Allí se equivoca también. “La Gran Tormenta” es un intento de llevar a Eldor el suceso del diluvio. Dialoga de forma obvia con los mitos diluvianos de Up-Napishtim, El hombre de Sin, Deucalión, Amaliwak y Noé y, desde ese lugar, con la obra de Carpentier “Los advertidos”. El diálogo queda, más de una vez, explícito: en la mención a los advertidos y, sobre todo, en el tono del personaje principal, Raxodantis, que parafrasea al tono y la actitud de Amaliwak en el relato mencionado. Hay un punto en el que la sugerencia crítica de YA TE CONTÉ me parece, sí, excesiva y poco positiva. Lo que plantea Federico, en nombre del colectivo, es que no aconsejan, por motivos de su calidad, que el cuento sea publicado ni por ellos ni por nadie, incluyéndome. Late en las palabras que utilizan allí (y que, otra vez, no puedo transcribir porque fueron transmitidas en mensaje privado y no las solicité) que publicar el texto le haría mal no solo al proyecto de YA TE CONTÉ sino… ¿a qué? ¿A mi “carrera”? ¿A mi “prestigio”? Bueno… no se le puede hacer mucho mal a cosas que son más o menos inexistentes (estoy hablando de mi carrera y mi prestigio, no del proyecto YA TE CONTÉ, aclaremos). Objetivamente, espero, como quedamos, que me hagan llegar aportes que mejoren mi trabajo… pero… cuando los reciba… ¿qué haré con esos aportes? Por una suerte de humildad que a veces tengo y que otras veces finjo bien, le dije a Federico que esperaba con ansias lo que tuviera para decirme. Pero lo cierto es que no sabré qué hacer con ello una vez que me llegue. Eldor, los relatos que componen ese mundo, son mi responsabilidad. Les guste o no, les parezca acertada su escritura o no, les resulte de calidad alta, media o baja a quien sea, nada hay, en definitiva, que puedan aconsejarme y que yo pueda hacer para seguirles el tren. Y no es que Federico o los encargados de YA TE CONTÉ no sean interlocutores válidos para mí. Nadie lo es. En esto, me voy a palabras de Bradbury que traduje alguna vez de la coda de una edición de Fahrenheit 451 perteneciente a la década de los 70: “Este es mi juego. Yo lanzo. Yo bateo. Yo atrapo. Yo corro las bases. Al atardecer, habré ganado o perdido. Al amanecer, allí estaré otra vez, tratando de nuevo. Y nadie puede ayudarme. Ni siquiera tú.” “…habré ganado o perdido” dice Bradbury. Yo lo sé: habré perdido. Muy bien. Quiero dejar en claro que agradezco la invitación de Lucía Germano para participar tanto como la negativa a mi texto expresada, en general, en términos muy correctos por Federico Giordano. Los leo, los apoyo, los entiendo. No deja de dolerme un poco que consideren mi trabajo algo de baja calidad para lo que son sus requerimientos (imagino que los demás textos allí presentes sí habrán cumplido con estos requerimientos), pero así es la vida. Probablemente sería un buen consejo, de mi parte, que dejen de interesarse en algo que probablemente no mejore, en un autor que ha descubierto, muy temprano en su vida de escritor, que mejorar es algo que no puede hacerse tan fácilmente. Penosamente, este escritor sabe cuánto tiene que mejorar. Sucede que no puede hacerlo. No siempre, donde no anida el genio, es posible solucionarlo con la dedicación del artífice, por más beca que haya. Creo que este es, en definitiva, y después de varios rechazos de similares características, mi karma. Y lo acepto, este sí, con humildad de la verdadera. Volviendo a la imagen del principio, me he vuelto un mal padre de mis criaturas literarias. Un padre dispuesto (porque es lo políticamente correcto) a escuchar a otros padres y tal vez hasta a psicólogos que le ayudan a visualizar la mejor manera de hacerle bien a sus crianzas. Pero, en definitiva, un tipo obcecado, que sabe que tantas personas no pueden equivocarse, que seguramente el equivocado sea él… pero que no puede hacer nada al respecto. NOTA FINAL: el texto rechazado por YA TE CONTÉ, tal como fue enviado, puede leerse siguiendo este link. Me parece de orden incluirlo (aunque contravenga el consejo de Federico, dado con total buena fe). http://eldorianos.blogspot.com/2013/03/la-gran-tormenta.html

jueves, 13 de diciembre de 2012

IN MEMORIAM: POLÉMICO RAY BRADBURY (1920-2012) y las minorías

CODA (Texto escrito por Ray Bradbury para la edición de 1979 de su libro Fahrenheit 451, editorial Del Rey). Traducción: Pedro Peña. Hace más o menos dos años, llegó una carta de una joven dama de Vassar, muy solemne, contándome cuánto había disfrutado leyendo mi experimento en mitología espacial, Crónicas Marcianas. Pero, agregaba ella, ¿no sería una buena idea, con el paso del tiempo, re-escribir el libro insertando más personajes y roles femeninos? Unos cuantos años antes, recibí cierta cantidad de correo que concernía al mismo libro acerca de Marte quejándose de que los únicos negros del libro eran los del Tío Tom y preguntando por qué no “los hacía de nuevo”. También en esos días me llegó una nota de un blanco sureño sugiriendo que yo era prejuicioso a favor de los negros y que la historia completa debería ser desechada. Hace dos semanas llegó a mi montaña de correo una pequeña carta de una bien conocida casa editorial que quería republicar mi relato The Fog Horn como material para las escuelas secundarias. En mi relato, yo había descrito un faro que tenía, tarde en la noche, cierta iluminación que salía de él y que era una “God-Light” (N. de T.: Luz Divina). Mirándolo desde la perspectiva de cualquier criatura del mar, uno hubiera sentido que estaba frente a “the Presence” (N.de T.: “la Presencia”). Los editores habían decidido borrar “God-Light” y “the Presence”. Hace unos cinco años, los editores de otra antología para estudiantes de secundaria editaron un volumen con 400 relatos cortos. ¿Cómo puede alguien forzar 400 relatos de Twain, Irving, Poe, Maupassant y Bierce para que quepan en el mismo libro? La simplicidad en sí misma. Desollar, deshuesar, quitar la médula, filetear, poner a calentar, fundir y destruir. Cada adjetivo que podía ser importante, cada verbo que se movía, cada metáfora que pesara más que un mosquito, ¡afuera! Cada comparación capaz de provocar un leve tick en la boca de un idiota, ¡afuera! Cada desvío que explicara la filosofía propia de un escritor de primera línea, ¡perdido! Cada relato, afinado, hambreado, demacrado, desangrado por sanguijuelas hasta quedar blanco, era igual a cualquier otro de los relatos. Twain se leía como Poe, que se leía como Shakespeare, que se leía como Dostoievski, que se leía, al final, como Edgar Guest. Cada palabra de más de tres sílabas había sido rasurada. Cada imagen que demandara tanto como un segundo de atención, tiroteada hasta la muerte. ¿Comienzan a entender esta maldita e increíble imagen? ¿Cómo reaccioné a todo esto? Le prendí fuego a todo. Enviando esquelas de rechazo a todas y cada una. Enviando pasajes a la asamblea de idiotas para los más lejanos confines del infierno. El punto es obvio. Hay más de una forma de quemar un libro. Y el mundo está lleno de gente corriendo por todos lados con fósforos encendidos. Cada minoría, sea tanto Bautista, Unitaria, Irlandesa, Italiana, Octogenaria, Budista Zen, Zionista, Adventistas del séptimo día, Republicanos, Matachines, siente que tiene el derecho, la tarea, de administrar el querosén y encender el tubo. Un mes atrás envié una obra, Leviathan 99, al teatro de una universidad. Mi obra está basada en la mitología de Moby Dick, dedicada a Melville, y trata acerca de la tripulación de un cohete y su capitán obsesionado por el espacio, que van a encontrarse con el Gran Cometa Blanco, y así destruir al destructor. Mi drama fue estrenado en París este otoño. Pero, al menos por ahora, la universidad respondió que difícilmente se atrevieran a llevarla a cabo: ¡no había mujeres en la obra! Las damas feministas de la universidad tomarían sus bates de baseball si el departamento de actuación lo intentara siquiera. Les respondí que, si nos pusiéramos a contar, una gran parte de Shakespeare nunca más podría ser visto, especialmente si contábamos líneas, donde encontraríamos que todo lo que era sustancial generalmente iba a lo masculino. Este ya es un mundo loco, y se volverá peor de loco si les permitimos a las minorías, sean éstas enanos o gigantes, orangutanes o delfines, pro-cabezas nucleares o defensoras del agua, pro-computadoras o enemigas de las máquinas, ignorantes o sabias, interferir con la estética. El mundo real es el campo de juego para todos y cada uno de los grupos; su tiempo para hacer y deshacer leyes. Pero la punta de la nariz de mi libro o mi relato o mi poema es donde sus derechos terminan y mi imperativo territorial comienza, rige y reglamenta. Si a los mormones no les gustan mis obras, dejemos que escriban las suyas. Si los irlandeses odian mis Dublineses, dejen que alquilen escritores a sueldo. Si los profesores y los editores de escuelas de gramática encuentran que mis oraciones rompe-mandíbulas hieren sus pequeños dientes de leche, dejemos que coman una torta suave remojada en un té flojo hecho en su propia fábrica sin Dios. Si los intelectuales chicanos quieren recortar mi "Wonderful Ice Cream Suit" para que en vez de “suit” diga “Zoot”, dejemos que se afloje el cinturón y los pantalones caigan. Entonces, enfrentémoslo, la digresión es el alma del talento narrativo. Quítenle la filosofía a Dante, a Milton o al fantasma del padre de Hamlet y lo que quedará no será más que huesos secos. Laurence Sterne dijo una vez: “las digresiones, incontestablemente, son la luz del sol, la vida, ¡el alma de la lectura! Quítenlas y entonces un frío y eterno invierno reinará en cada página”. En suma, no me insulten con las decapitaciones, las cortadas de dedos o los pulmones desinflados que ustedes planean para mis obras. Necesito de mi cabeza para decir que sí o que no, de mi mano para saludar o para hacer de ella un puño, de mis pulmones para gritar o susurrar con ellos. No consiento en ir amablemente hasta un estante, destrozado, a convertirme en un no-libro. Todos ustedes, jueces, regresen a las gradas. Árbitros, a las duchas. Este es mi juego. Yo lanzo. Yo bateo. Yo atrapo. Yo corro las bases. Al atardecer, habré ganado o perdido. Al amanecer, allí estaré otra vez, tratando de nuevo. Y nadie puede ayudarme. Ni siquiera tú.

sábado, 17 de noviembre de 2012

TRADUCCIÓN DE ENSAYO DE ORWELL

Un ahorcamiento de GEORGE ORWELL (Revista Adelphi, 1931) Traducción del inglés: Pedro Peña
Sucedió en Birmania, una húmeda mañana en la estación de las lluvias. Una luz enfermiza, como de un papel de aluminio amarillo, se proyectaba en ángulo sobre los altos muros del patio de la cárcel. Nosotros esperábamos fuera de las celdas de los condenados, una hilera de cobertizos con barrotes dobles, como jaulas de animales pequeños. Cada celda medía alrededor de diez por diez pies y estaba bastante vacía a excepción de un tablón que oficiaba de cama y una jarra para tomar agua. En las celdas unos hombres morenos, silenciosos, se agachaban sobre los barrotes interiores, envueltos en sus frazadas. Estos eran los hombres condenados que debían ser ahorcados dentro de la próxima semana o la siguiente. Un prisionero había sido retirado de su celda. Era un hindú, el débil residuo de un hombre, con la cabeza afeitada y los ojos vagos, líquidos. Tenía un grueso, incipiente bigote, absurdamente grande para su cuerpo, como el bigote de un actor cómico en una película. Seis guardias indios, altos, lo vigilaban y lo preparaban para la horca. Dos de ellos permanecían a su lado sosteniendo sus rifles con las bayonetas colocadas, mientras que los otros lo esposaban, colocaban una cadena entre las esposas y la fijaban a sus cinturones y aseguraban firmes sus brazos a los costados. Se agrupaban muy cerca del prisionero, con sus manos siempre sobre él en una cuidadosa, gentil forma de sostenerlo. Parecían hombres manipulando un pez todavía vivo que pudiera saltar de nuevo al agua. Pero él permanecía casi sin resistencia, con sus brazos rendidos limpiamente a las sogas, como si apenas se diera cuenta de lo que estaba sucediendo. Se hicieron las ocho en punto y un llamado de clarín, desoladamente fino en el aire húmedo, flotó desde las barracas lejanas. El superintendente de la cárcel, que permanecía parado aparte de nosotros, escarbando malhumoradamente la gravilla con su bastón, alzo la cabeza al escucharlo. Era un doctor de la armada, con un bigote gris como un cepillo de dientes y una voz seca. “Por amor de Dios apúrate, Francis”, dijo irritado. “Este hombre ya debía estar muerto a esta hora. ¿No están listos todavía?” Francis, el jefe carcelero, un dravidiano gordo con traje de dril y lentes de oro, sacudió su negra mano. “Sí señor, sí señor”, dijo entusiasta. “Todo está preparado satisfactoriamente. El verdugo espera. Podemos proceder.” “Bien, marcha rápida entonces. Los prisioneros no pueden tomar su desayuno hasta que el trabajo sea hecho.” Salimos hacia la horca. Dos guardias marchaban a cada lado del prisionero, con sus rifles inclinados; otros dos marchaban muy cerca de él, aferrándolo de los brazos y los hombros, como si a la vez que lo empujaran lo sostuviesen. Magistrados y afines, y el resto de nosotros, seguíamos detrás. De repente, cuando habíamos andado unas diez yardas, la procesión se detuvo sin ninguna orden ni advertencia. Algo malo había sucedido –un perro, venido de Dios sabe dónde, había aparecido en el patio. Con una sonora ráfaga de ladridos llegó hasta nosotros y saltó alrededor sacudiendo todo su cuerpo, con un regocijo salvaje al encontrar tantos seres humanos juntos. Era un perro lanudo enorme, mitad airedale, mitad paria. Durante un momento se paseó delante de nosotros y entonces, sin que nadie pudiera evitarlo, corrió hacia el prisionero y, saltando, trató de lamer su rostro. Todos permanecimos horrorizados, demasiado sorprendidos incluso para intentar agarrar el perro. “¿Quién dejó entrar aquí a esa maldita bestia?” dijo enojado el superintendente. “¡Que alguien lo sujete!” Un guardia que se separó de la escolta, cargó torpemente contra el perro, pero éste bailoteó y saltó fuera de su alcance, tomando todo como parte de un juego. Un joven carcelero eurasiático recogió un puñado de gravilla y trató de alejar al perro a pedradas, pero el animal esquivó las piedras y nos siguió de nuevo. Sus ladridos hacían eco en las paredes de la prisión. El prisionero, sostenido por los guardias, miraba todo distraídamente, como si aquello se tratara de otra formalidad del ahorcamiento. Pasaron varios minutos hasta que alguien se las arregló para capturar al perro. Entonces atamos mi pañuelo a su collar y nos pusimos en movimiento una vez más, con el perro todavía gimoteando. Restaban unas cuarenta yardas hasta la horca. Yo observaba la espalda desnuda y marrón del prisionero marchando en frente de mí. Él caminaba torpemente con sus brazos atados, pero aún así estable, con ese paso mecido de los indios que nunca enderezan del todo sus rodillas. A cada paso sus músculos encajaban adecuadamente en su lugar, el mechón de pelo sobre su cabeza bailoteaba de arriba abajo, sus pies quedaban impresos en la gravilla húmeda. Y una vez, a pesar de los guardias que lo sujetaban por los hombros, dio un paso levemente hacia el costado para evitar un charco en el camino. Es curioso, pero hasta ese momento nunca me había dado cuenta de lo que significa destruir a un hombre saludable y consciente. Cuando vi al prisionero dar un paso al costado para evitar el charco, vi el misterio, la horripilante equivocación de cortar una vida cuando está en su plenitud. Este hombre no estaba muriendo. Estaba tan vivo como estamos cualquiera de nosotros. Todos los órganos de su cuerpo estaban trabajando –sus intestinos digiriendo alimento, la piel renovándose a sí misma, las uñas creciendo, los tejidos formándose- todo esto desperdiciándose en una solemne tontería. Sus uñas crecerían todavía cuando se parara encima de la trampilla, cuando estuviera cayendo en el aire con una décima de segundo todavía por vivir. Sus ojos todavía veían la gravilla amarillenta y las paredes grises, y su cerebro todavía recordaba, preveía, razonaba –incluso sobre los charcos. Él y nosotros éramos un grupo de hombres caminando juntos, viendo, escuchando, sintiendo, entendiendo el mismo mundo; y en dos minutos, con un breve golpe, uno de nosotros se habría ido –una mente menos, un mundo menos. La horca se erguía en un pequeño patio, separada de los lugares centrales de la prisión, rodeada de mala hierba. Era una construcción de ladrillo similar a un cobertizo de tres paredes, con una planchada encima, y arriba de eso dos vigas y una barra con la soga colgando. El verdugo, un convicto de pelo gris vestido con el uniforme blanco de la prisión, esperaba al lado de su máquina. Nos saludó con una servil inclinación cuando ingresamos. A una palabra de Francis los dos guardias, aferrando al prisionero más firme que nunca, mitad lo condujeron, mitad lo empujaron a la horca y lo ayudaron torpemente a subir la escalera. Entonces subió el verdugo y fijó la soga alrededor del cuello del prisionero. Nos quedamos esperando a cinco yardas. Los guardias se habían formado en algo similar a un círculo alrededor de la horca. Y entonces, cuando el lazo estuvo colocado, el prisionero comenzó a pedir a gritos por su dios. Era un grito alto y reiterado de “¡Ram! ¡Ram! ¡Ram! ¡Ram!”, no urgente ni temeroso como una plegaria o un grito de ayuda, pero sí continuo, rítmico, casi como el tañido de una campana. El perro respondió al sonido con un gimoteo. El verdugo, todavía parado en la horca, sacó una pequeña bolsa de algodón y la colocó sobre la cabeza del prisionero. Pero el sonido, ahogado por la prenda, todavía persistió, una y otra vez: “Ram! ¡Ram! ¡Ram! ¡Ram! ¡Ram!” El verdugo bajó y quedó listo, aferrando la palanca. Pareció que pasaran algunos minutos. El grito continuo, amortiguado del prisionero, seguía y seguía, “¡Ram! ¡Ram! ¡Ram!” sin decaer un instante. El superintendente, cabeza pegada al pecho, escarbaba lentamente el suelo con su bastón. Tal vez estuviera contando los gritos, permitiéndole al prisionero un número tal –cincuenta, quizás, o cien. Todo el mundo había mudado de color. Los indios se habían puesto grises como café malo, y una o dos de las bayonetas temblaban. Mirábamos al hombre amarrado y encapuchado frente a la caída y escuchábamos sus gritos –cada grito, otro segundo de vida; el mismo pensamiento en todas nuestras cabezas: ¡oh, mátenlo rápido, salgamos de esto, paren este abominable ruido! De improviso el superintendente se decidió. Alzando la cabeza hizo un suave movimiento con su bastón. “¡Chalo!” gritó casi ferozmente. Hubo un ruido metálico y entonces un silencio de muerte. El prisionero había desaparecido y la soga giraba sobre sí misma. Dejé libre al perro que de inmediato se apresuró a la parte trasera de la horca; pero cuando llegó allí se detuvo en seco, ladró y entonces se retiró a una esquina del patio, donde permaneció entre la hierba, mirando temerosamente hacia nosotros. Rodeamos la horca para inspeccionar el cuerpo del prisionero. Se balanceaba con los dedos de los pies apuntando directamente hacia abajo, dando vueltas lentamente, tan muerto como una piedra. El superintendente extendió el brazo con el bastón y empujó el desnudo cuerpo moreno; éste osciló ligeramente. “Él está bien”, dijo. Salió de espaldas de debajo de la horca y lanzó un respiro profundo. Muy de improviso el malhumor se había salido de su rostro. Lanzó una mirada a su reloj pulsera. “Ocho pasadas las ocho. Bien, es todo por la mañana. Gracias a Dios.” Los guardias retiraron las bayonetas y, marchando, se retiraron. El perro, sobrio y consciente de haberse comportado de mala manera, se deslizó detrás de ellos. Salimos del patio de la horca, pasamos las celdas de los condenados con sus prisioneros en espera hacia el patio central de la prisión. Los convictos, bajo el mando de guardias armados de cachiporras, ya estaban recibiendo sus desayunos. Se agachaban en largas hileras, cada hombre sosteniendo una taza de lata mientras dos guardias con baldes marchaban alrededor de ellos sirviéndoles arroz; parecía una escena muy hogareña, alegre, después del ahorcamiento. Un enorme alivio nos había ganado ahora que el trabajo estaba hecho. Uno podía sentir el impulso de cantar, de salir corriendo de repente, de reírse en vos baja. A un tiempo todos comenzamos a parlotear felices, divertidos. El chico eurasiático que caminaba a mi lado señaló el lugar por el que había venido, con una sonrisa cómplice: “Sabe usted, señor, nuestro amigo (quería decir el muerto), cuando oyó que su apelación había sido rechazada, se orinó en el piso de su celda. De miedo. Por favor tome uno de mis cigarrillos, señor. ¿Acaso no admira usted mi nueva cajilla de plata, señor? Estilo clásico europeo.” Varios rieron –de qué, no se supo con certeza. Francis caminaba al lado del superintendente, hablando de forma animada: “Bien, señor, todo ha pasado de la mejor manera posible. Todo fue terminado así, rápido. No es siempre así… ¡oh no! He conocido casos en los que el doctor se ha visto obligado a ir detrás de la horca y tirar de las piernas del prisionero para asegurar el fallecimiento. ¡De lo más desagradable!” “¿Escabulléndose, eh? Eso es malo,” dijo el superintendente. “Agh…, señor, ¡es peor cuando se ponen rebeldes! Un hombre, recuerdo, se pegó a los barrotes de su celda cuando fuimos a buscarlo. Usted apenas creerá, señor, que fueron necesarios seis guardias para moverlo de su sitio, tres en cada pierna. Tratamos de razonar con él. ‘Mi estimado amigo’, le dijimos, ‘¡piense en todo el dolor y el problema que nos está causando!’ Pero no, no escuchaba. Agh, ¡fue muy problemático!” Me encontré riéndome animadamente. Todos estábamos riendo. Incluso el superintendente sonreía abiertamente, tolerante. “Ustedes mejor deberían salir a tomarse un trago,” dijo de muy buena manera. “Tengo una botella de whisky en el auto. Podríamos arreglarnos con ella.” Traspasamos las dobles puertas de salida de la prisión hacia la calle. “¡Tirar de las piernas!” exclamó de repente un magistrado birmano, e irrumpió en una risa sonora. Todos comenzamos a reír de nuevo. En ese momento la anécdota de Francis resultaba extraordinariamente divertida. Tomamos tragos juntos, tanto los nativos como los europeos, muy amigablemente. El hombre muerto estaba a cien yardas de nosotros.