jueves, 13 de agosto de 2015

MIGRAR


Hay algo extraño en la forma en la que los países nos relacionamos. Hay algo injusto. No voy a descubrir nada si digo que la actitud de Europa de cerrarse sobre sí misma es una actitud injusta y peligrosa. Claro que no es peligrosa para los europeos. Es peligrosa para los cientos de personas que todos los días intentan llegar a sus costas provenientes del norte de África. Personas en tan miserables estados de pobreza que prefieren arriesgar sus vidas a continuar viviendo de esa forma.
El problema tal vez no sean las personas comunes, las personas a las que, salvando las enormes distancias, podríamos llamar personas como uno. El tema está en las altas cúpulas que siguen considerando que los habitantes de los países que ellos gobiernan son preferibles a los habitantes de cualquier otro país. Es un conflicto entre pobres y ricos y la base del conflicto es que los ricos no quieren compartir la fuente de su riqueza con los pobres.
Si lo ponemos en una perspectiva histórica, las relaciones entre lo europeo y lo que no es europeo siempre han sido tensas. Los vikingos, que con Erik el Rojo navegaron las regiones del Atlántico Norte y llegaron a Groenlandia, luego, con Leif Erikson (hijo de Erik, como indica la composición de su nombre), se proyectaron hacia lo que hoy es Norteamérica y se establecieron allí a explotar las riquezas naturales, sobre todo los cueros, y a comerciar de forma incipiente con los nativos, como lo demostrarían algunos hallazgos de monedas nórdicas en sitios arqueológicos de la región. Pero en todo caso, y aunque los vikingos solían ser bastante brutales, no llevaban como objetivo primario la conquista del nuevo territorio ni la imposición en él de su antigua religión.
Quinientos años después los españoles iniciarían el proceso de expansión y conquista más sanguinario de la historia de la humanidad. Los amparaba en sus motivaciones una serie de conceptos religiosos y filosóficos que los hacía verse, a ellos en particular y a los europeos en general, como los representantes de la única forma posible de civilización. Los nativos americanos, que andaban desnudos, eran promiscuos, veneraban dioses falsos asociados a los fenómenos naturales y en algunas ocasiones hasta practicaban el canibalismo, no eran más que animales a los que había que adiestrar y usar y a los que, de paso, podían usurpárseles las riquezas que les pertenecían, incluyendo su oro y sus territorios. Por no hablar de esclavizarlos tranquilamente para que ellos mismos fueran los que proporcionaran su propia fuerza al saqueo que se hacía de sus propios bienes.
Bartolomé de las Casas, un sacerdote defensor de los indios, contó en sus crónicas de aquella época el proceder de los españoles: mediante engaños llevaban a los jefes de las tribus a sus barcos, los capturaban, luego atacaban a la desprotegida tribu, violaban a las mujeres, capturaban a los jóvenes y los sometían al régimen de encomienda. Cuando los reyes españoles se vieron en la necesidad de regular estos abusos se dio pie al inicio del esclavismo negro que trasladó durante varios siglos muchos millones de africanos al nuevo continente.
Luego de los procesos de conquista y colonización sobrevino el de independencia. Ya como países autónomos, estas regiones han recibido durante decenios la emigración producida por las diversas crisis económicas y políticas europeas. Millones de españoles, portugueses, alemanes, ingleses, italianos, irlandeses, han sido acogidos por los países americanos sin ningún tipo de condicionamiento especial y confiando siempre en las posibilidades de crecimiento que estos hombres y mujeres aportarían a las nuevas sociedades en formación. Sobre todo en el problemático periodo que va desde 1870 a 1940, América fue la válvula de escape de Europa y contribuyó a salvar y darle oportunidades a muchos de nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos.
La pregunta resulta obvia: ¿por qué el mundo -en pleno Siglo XXI- no es un lugar más abierto a los flujos migratorios? ¿Por qué deben morir en el Mediterráneo, día a día, decenas de africanos cuya única intención al llegar a Europa sería la de prosperar trabajando en aquellas labores que los mismos europeos no querrían realizar?
Quedan abiertas las preguntas.

domingo, 2 de agosto de 2015

LAICIDAD, VELOS Y CUERPOS DESNUDOS


Comencemos por una pregunta sencilla: ¿por qué nos vestimos?
Las respuestas podrían incluir conceptos tales como el abrigo, la protección, las posibilidades de migración y conquista de nuevos territorios. Pero tal vez la respuesta tenga que ver con nuestra forma de organizar el desorden natural de nuestras pulsiones. La vestimenta se convierte entonces en un freno, una primera barrera que la convención social impone a la pulsión reproductiva y una victoria de lo cultural sobre lo que podríamos llamar natural. Porque una cosa es segura: lo “natural” sería que anduviéramos desnudos.
Según el Éxodo (segundo libro de la Biblia), Moisés recibió del propio Yaveh las Tablas de la Ley cuando conducía a su pueblo fuera de la esclavitud en la que los egipcios los habían sumido. Más allá de la lectura religiosa que puede hacerse del relato bíblico, es posible realizar una aproximación de corte más sociológico especulativo. Un pueblo al que se le dice, entre muchas otras cosas, que no debe adorar dioses falsos, que no debe codiciar ni pretender las pertenencias del prójimo (y entre ellas se menciona claramente a la mujer), que no debe robar, cometer adulterio o matar, es un pueblo que adora dioses falsos, codicia lo del prójimo, comete robos, adulterios y asesinatos. Los diez mandamientos del Antiguo Testamento no son solo el pedido del Ser Supremo a sus fieles. También son la manifestación clara de un estado de las cosas que debe ser cambiado para bien. ¿Quién puede dudar de los avances que implicaron para la sociedad del momento la regulación de las relaciones humanas tal y como se visualiza en el texto escrito sobre las tablas de piedra?
Y desde allí en adelante nuestra naturaleza ha cedido espacio ante lo que hemos concebido desde la cultura. La vestimenta es simplemete una muestra ilustrativa de este fenómeno. Y las distintas civilizaciones, culturas y hasta manifestaciones religiosas tienen al respecto algo que agregar. Lo que es tolerable para algunas de ellas no lo es para otras. Nosotros, sin ir más lejos, no podríamos andar desnudos de cuerpo entero o portando solamente adornos en nuestros penes o senos, como lo hacen algunas tribus del Amazonas. Imagínense una reunión política, una velada en el teatro, un partido de fútbol, una clase de la universidad, en esas condiciones. Sin dudas que no sería cómodo para todo el mundo. Y desde esa constatación ya no debería ser un problema imaginar lo que ocurriría si a niñas que profesan el Islam se les obligara a no usar el velo con el que cubren su cabello amparados en un criterio de laicidad que sencillamente está mal enfocado. Porque la laicidad no es, como ha planteado recientemente Julio María Sanguinetti, neutralidad. La neutralidad, al igual que la objetividad de juicio, no existe.
La laicidad en el plano educativo debería ser entendida como un valor que debe resignificarse todo el tiempo con las actitudes de los agentes sociales sujetos a él. De su formulación no deben estar ausentes los intereses de los estudiantes, las familias y los docentes. Desde un punto de vista religioso, la laicidad no implica la negación de los principios de la religión sino la tolerancia hacia los principios, usos y costumbres de otras religiones siempre y cuando estos no atenten contra el bien público. Y así como no se me ocurre que atente contra el bien público la enorme cruz que fue erigida en el gobierno de Sanguinetti para conmemorar la visita de Juan Pablo II, tampoco creo que lo haga el uso del velo por parte de niñas educadas y criadas según los preceptos del Islam y, cabe aclararlo, no precisamente del Islam más radical.
En las sociedades actuales los flujos de migración tienden a enriquecer los paisajes culturales de las naciones. Los inmigrantes deberían ser bienvenidos en nuestro país y nuestro país debería ser lo que, según dicen, fue en el pasado: un espacio propicio para que las personas que han vivido dificultades en sus propios países puedan afincarse y progresar sin hacerle mal a nadie, y sin que nadie se arrogue el derecho de pretender regular sus creencias más íntimas, si es que estas no vulneran los derechos de otros que no las practican. Tenemos, en este punto, la oportunidad de dejar de ser conservadores de la última hora. Por una vez en la vida, convendría tomar esa oportunidad.

domingo, 26 de julio de 2015

LO REVOLUCIONARIO (pequeño homenaje ultra anacrónico a Francois Babeuf)


F. Babeuf
En 1789 las asambleas representativas del Tercer Estado impulsaron lo que después sería denominado como la Revolución Francesa. Su acontecimiento emblemático ocurrió el 14 de julio de ese año, cuando los revolucionarios tomaron la Bastilla, la cárcel que oficiaba de símbolo del Antiguo Régimen, que hasta entonces no era tan antiguo sino que continuaba ejerciendo un poder casi absoluto. Aunque no la tomaron para liberar ningún preso sino para apropiarse del polvorín que había allí. La nobleza no iba a renunciar tan fácilmente a sus privilegios a favor de una burguesía que cada vez requería mayores potestades. Pero este era el conflicto entre los poderosos. Del otro lado de la calle, los pobres de verdad, tanto de la ciudad como del campesinado, sufrían la escasez de alimentos. No había pan ni cereales, producto de la labor de los acopiadores que hasta ese momento habían especulado vilmente con las crisis agrícolas y el anterior conflicto bélico con Inglaterra.
Entre las causas de la Revolución también pueden citarse los avances en el pensamiento del Siglo XVIII. Rousseau, Diderot, Montesquieu y sobre todo Voltaire, se encargaron de cimentar las bases filosóficas sobre las que los revolucionarios emprendieron la conquista de ciertos derechos universales y desconocidos hasta ese momento. El Deísmo como nueva concepción filosófico-religiosa, que alejaba a Dios de las cuestiones humanas y temporales y lo situaba en una posición de no incidencia concreta, forzó la idea de que los hombres eran todos iguales y que no había entre ellos una diferencia innata que a unos les permitiera reinar y a otros los condenara a la opresión ejercida por los primeros.
Más allá de los violentos vaivenes y de los excesos que caracterizaron los años siguientes, la revolución sería recordada sobre todo por el lema que tomó como ideal: Liberté, Égalité, Fraternité. Aunque cueste, en ocasiones, visualizar dónde quedó la tercera después de la constatación de las decenas de miles de decapitados en la guillotina tras el régimen del Terror.
Pero lo cierto e indiscutible es que en aquel momento empezó una nueva época en occidente.
La pregunta es la siguiente: hoy, 2015, ¿con qué haríamos la Revolución?
O incluso una anterior: ¿sería pertinente una revolución?, ¿realmente nos interesaría llevarla adelante?
No es posible negar que vivimos en tiempos de adormecimiento social. El sopor que ha calmado los reclamos de justicia económica proviene de cierto auge material que la clase media dominante (al menos en cantidad) ha experimentado en estos años. Mientras tengamos un acceso más o menos sencillo a créditos que nos permitan comprarnos un autito, hacer algún viaje a las termas o al exterior o improvisar una barbacoa en el fondo, ya nadie se permitirá hablar seriamente de cuestiones tan obsoletas y demodé como la pobreza y los cuestionamientos a la propiedad privada. Nadie en su sano juicio -ni oficialistas ni opositores- estaría dispuesto a renunciar a los privilegios obtenidos.
En este presente un tanto olvidadizo nada mejor que volver sobre el pensamiento de aquellos que desde el pasado, y habiéndolo arriesgado todo, dejaron preguntas abiertas. Es el caso de Francois Babeuf, un verdadero revolucionario guillotinado en 1797 por el Directorio que gobernaba Francia y del que Napoleón era la mano ejecutora. En una carta de 1787, dos años antes del inicio de la Revolución y diez antes de su ejecución, Babeuf se preguntaba lo mismo que podríamos preguntarnos hoy:


"¿Cuál sería el estado de un pueblo cuyas instituciones fuesen tales que reinara indistintamente entre cada uno de sus miembros individuales la más perfecta igualdad; que el suelo que habitara no fuese de nadie, sino que perteneciera a todos; en definitiva, que todo fuese común, hasta el producto de todos los tipos de industrias? ¿Serían autorizadas tales instituciones por la ley natural? ¿Sería posible que esta sociedad subsistiese, e incluso que fuesen practicables los medios para conseguir una distribución absolutamente igual?"

viernes, 15 de mayo de 2015

CARLOS MAGGI entrevistado acerca de Mario Arregui

Durante el año 2009 di clases en el liceo de Ismael Cortinas. Mis alumnos de cuarto año, le hicieron una entrevista a Carlos Maggi sobre otro del 45: Mario Arregui (a quien estábamos estudiando en su momento). Uno podía tener diferencias notables con Maggi, claro, pero yo siempre le agradeceré su gesto, su compromiso y su disposición para dialogar de igual a igual con aquellos gurises.
Lo que sigue son las preguntas que le realizaron mis estudiantes y las respuestas del querido viejo Maggi. 

Entrevista a Carlos Maggi sobre Mario Arregui:


¿CÓMO CONOCIÓ A MARIO ARREGUI?

En 1942, yo tenía veinte años y con Maneco Flores Mora (un compañero de clase desde primaria hasta sexto de secundaria, donde éramos alumnos) editábamos junto con Leopoldo Nóvoa (que después fue un pintor exitoso en París) una revista llamada APEX.
Sabíamos que en el café Metro, en la rinconada de la Plaza Libertad, había una barra de muchachos que como nosotros estaban en el quehacer literario y fuimos a pedirle una colaboración a uno de ellos, Carlos Denis Molina; un maragato poeta que escribió una preciosa novela titulada Lloverá siempre.
Denis Molina había ganado un premio con una obra de teatro titulada el El regreso de Ulises.
En esa barra encontramos a Mario Arregui, conocimos sus cuentos y sus opiniones y resultó ser un tipo formidable.

¿SE SIENTE USTED HOMENAJEADO AL SER RECONOCIDO POR PERTENECER A LA GENERACIÓN DEL 45?

Mi generación no fue homenajeada, fue una generación de lucha externa, contra el falso optimismo de nuestros mayores que veían iniciarse un gran estancamiento nacional y seguían viviendo como en los años de nuestro gran apogeo batllista.
Y al mismo tiempo, fue una generación de lucha interna. Reaccionamos contra los que se aplaudían sin que hubiera méritos para ello; y al mismo tiempo, reaccionamos contra nosotros mismos, tratándonos con el mayor rigor crítico.
Yo me atreví a publicar mi primer libro, Polvo enamorado en el año 52, cuando tenía 30 años. Ya había quemado muchos cuentos y una novela, El gorro verde, que había ganado el concurso literario del Centro de Estudiantes donde Paco Espínola era integrante del jurado; que fue así como lo conocí hacia 1943. Paco era un gran maestro en ese momento y tenía 42 años. Onetti era otro gran maestro y tenía 34. Era un tiempo bueno para la cultura.

¿QUÉ ES PARA USTED LA GENERACIÓN DEL 45 DESDE UNA PERSPECTIVA INTERNA, YA QUE FORMA PARTE DE LA MISMA?

Soy uno de ellos y nada más; un escritor porfiado; y un testigo cuyo mayor privilegio es durar muchos años en plena salud. Tuve amigos entrañables con los cuales compartí la preciosa vocación humanística y un trato personal de amistad, absolutamente insustituible.

¿QUÉ CUENTO DE ARREGUI LE GUSTA MÁS? ¿POR QUÉ?
No puedo elegir con seguridad, tal vez el más perfecto y desgarrador sea “Un cuento con un pozo”.

¿SE SIENTE IDENTIFICADO CON ALGUNO DE ELLOS? ¿CON CUÁL? ¿POR QUÉ?

No. No es “UN” cuento lo que me importa. Me siento identificado con Mario y su planteamiento moral de la literatura; y corresponde fielmente a su modo de ser.
Su modo de ser y su obra se parecen mucho. Era un hombre austero, responsable y duro, escribía temas que en el fondo cuentan un solo cuento: uno y su obligación de ser auténticamente uno mismo.

¿TIENE ALGUNA ANÉCDOTA DE LA GENERACIÓN DEL 45?

Siempre pasan cosas que después, vistas a la distancia, resultan un tanto ridículas y hacen sonreír. Una vez nos cruzamos con Emir Rodriguez Monegal que era muy ácido para criticar. Yo estaba furioso con él por lo que había escrito sobre Morosoli y sobre Felisberto Hernández. Lo saludé con un: ¿qué tal?; y después me arrepentí. Di vuelta, lo detuve y le dije: No voy a saludarte más. Cada vez que te saludo, miento. No me interesa que estés bien.

¿CUÁL ES SU MAYOR RECUERDO DE ARREGUI?

Era un tipo maravilloso. Un día discutimos en el Metro hasta las dos de la mañana y cuando nos levantamos de la mesa, nos fuimos juntos caminando por 18 de julio. El vivía en Mercedes y Olimar y yo en 18 y Ejido. Cuando llegamos frente a mi casa, le dije, bastante impaciente: ¿No se cómo podés seguir con eso?
Ni me acuerdo sobre qué versaba la polémica, pero me acuerdo muy bien de la respuesta de Mario. Dijo, sin apurarse: sigo con eso porque estoy equivocado.

¿QUÉ RELACIÓN TENÍA CON ÉL APARTE DE COMPARTIR IDEAS SOBRE LA LITERATURA? ¿FUERON BUENOS AMIGOS?

Nunca recibí una mala acción o una molestia que proviniera de Mario. Fuimos grandes amigos. Cuando dejamos de ir al café fue por razones de familia. Nos habíamos casado y teníamos hijos; él pasaba temporadas en la estancia; llegaba a Montevideo y nos encontrábamos como siempre.
Era una manera muy linda de confraternizar en todo, incluido en aquello que no coincidíamos. Mario era comunista, pero cuando Maneco iba a Flores en medio de una campaña electoral, Mario le conseguía el equipo, los altavoces del Partido Comunista para la amplificación de sus actos por el Partido Colorado.

¿RECUERDA ALGÚN HECHO IMPORTANTE QUE HAYAN VIVIDO JUNTOS?

La madre de Mario tuvo un accidente de tránsito, fue hospitalizada y falleció unas horas después. Cuando Mario pudo comunicarse con la estancia, supo que su padre y su hermano ya habían salido para Montevideo, sin conocer la noticia. Iban a llegar para encontrarse con un velorio armado en su casa.
Conseguimos un auto prestado después de muchas vueltas y cuando Mario fijó el lugar y el tiempo que nos quedaba para poder atajarlos, tuvimos que salir a cien por hora.
Mario no sabía manejar. Manejaba yo, porque había tenido una cachila; pero en realidad no sabía manejar ni tenía libreta; y menos con semejante Chevrolet a todo lo que daba (creo que era de la madre del Tola Invernizzi). Es un recuerdo viejo y está borroso, años 46 o 47. Solo tengo presentes las veces que estuve a punto de chocar.

viernes, 29 de agosto de 2014

NUEVOS PERSONAJES EN LA SAGA DE AGUSTÍN FLORES

ELIZALDE, Pablo: Jefe de Investigación. Coordina el equipo que investiga crímenes inusuales.
En sus cincuenta. Viudo en circunstancias que no se aclaran. Tres hijas, de las que en la novela aparecen solo dos. Su padre padece una enfermedad en fase terminal. Gonzalo, su hermano, es sacerdote. Hay una culpa rondándolo desde hace tiempo.

FERREIRA: en sus cuarenta. Es la mano derecha de Elizalde. Cuando las cosas no van bien, se encierran juntos a hablar. Es el único del equipo que lo llama por su nombre. Ferreira es algo irónico y se las tira de seductor. No siempre tiene éxito.

LÓPEZ: también en sus cuarenta. Su carrera policial estaba destinada a la medianía hasta que Elizalde lo convocó. Es un hombre de extrema confianza. No es inteligente pero compensa con el empeño.

CUADRO: un poco más joven que López, su función principal es la de chofer. Y lo hace a la perfección, aunque con un pequeño detalle agregado que puede exasperar a sus acompañantes. Junto a López, conforman un dúo bastante impredecible.

BERMÚDEZ: treinta y pocos. Es la nueva encargada de prensa de la oficina. Es la única integrante del equipo que no fue pedida por Elizalde. Todo lo que llega a los medios pasa por ella. O al menos debería hacerlo. Según Elizalde los tiene a todos bastante movilizados. Ferreira no admite que sea una mina tan espectacular como López y Cuadro advierten. Es una mujer sensata y absolutamente confiable. Aunque Elizalde no lo ve tan claro.

Y POR SUPUESTO, AGUSTÍN FLORES. Aunque Agustín... no necesita presentación.

TEXTO DE CONTRATAPA

Los tiempos han cambiado y cuando la justicia no llega, algunos prefieren salir a buscarla con sus propios métodos.

Una serie de asesinatos macabros ocurridos durante 2013 son el eje de la acción de esta novela. Los criminales no dejan cabos sueltos y pronto la oficina de investigaciones comandada por Elizalde deberá enfrentarse con un enemigo más difícil de lo acostumbrado.

Mientras tanto, ¿dónde está Agustín Flores? Escondido de quienes pretenden esconderlo, esta cuarta entrega lo encuentra alejado de todo.

O al menos eso es lo que él cree.

domingo, 10 de agosto de 2014

Escrituras del yo (II): CABALLOS

SUEÑO. Era un caballo de pelo amarillento. Cuando lo conocí tenía cerca de treinta inviernos y era un animal bien mañero. Su trote era corto y atropellado y la boca se le había endurecido. Resultaba difícil hacerle respetar la rienda y el freno. Mi abuelo lo tenía para el charret, algo en lo que el pobre todavía podía dar una mano. Montarlo era distinto. Solo en emergencias. Con el tiempo, y sobre todo porque mi abuelo ya había dejado de prender el charret, Sueño fue resabiándose de tal forma que resultaba difícil acerársele. Ponerle los arreos ya era tarea imposible. Había dado, hacía años, lo mejor, y ahora solo quería descansar. Jamás lo vi galopar.
 MALEVO. Nunca le hizo honor al nombre. Fue un caballo manso y bueno. Llegó para ser compañero de Sueño y rápidamente se convirtió en la principal herramienta de la casa. Servía tanto para el arado como para la montura. Muchas veces un cuero de oveja era suficiente. Yo mismo, con escasos siete años, podía ponerle el freno sin problemas y, arrimándolo a algún alambrado, subirme a él a duras penas y contando siempre con su benevolencia.
  En aquel  tiempo leía las historietas de Patoruzú y las de su derivado infantil, Patoruzito. El cuerpo rechoncho y castaño de Malevo no se prestaba para confundirlo ni con Pamperito ni con Pampero, los estilizados caballos de las historietas. Pero en la imaginación de un niño cabe casi todo. Entonces galopar sobre Malevo por un potrero de Tranqueras Coloradas se convertía en una aventura de Tehuelches por la Patagonia. También eran los tiempos del Llanero Solitario y del Zorro, que montaban otros Malevos como el de mi abuelo, que ahora me llevaba raudo cerca del cañadón y que solo, sin que yo tuviera que ordenárselo, aminoraba la marcha para cruzar por el lugar de siempre, el más seguro.


TOBIANA. La llamaban así por el pelaje. Era uno de los cuatro o cinco caballos de los que disponía mi tío Eleodoro –Lelo para los amigos- en su campo de Carreta Quemada. Una yegua pesada pero rápida. Su pelaje era gris manchado ocasionalmente de marrón. No siempre estaba de buen ánimo. Fue la primera montura que tuve en la casa de mi tío, pero un buen día dejaron de dármela. Parece que había echado para atrás a algún chambón que la tendría resabiada y ahora no se la daban a los niños. Fue por eso que me tocó el mejor caballo que haya montado alguna vez.
GUAYABO. Era un animal hermosísimo. De pelaje colorado oscuro, sus patas eran blancas, al igual que la mancha que adornaba su frente desde el testuz hasta la boca. Sus líneas eran afinadísimas. Cuando galopaba era una sensación notable de felicidad. Como si el cuerpo del jinete ocasional –yo o cualquiera, pues siempre comentábamos lo hermoso que era ese galope- hubiera nacido con conexiones con el animal, lo que me recuerda aquella famosa película.
  Salíamos por el campo cada dos días. Mi tío iba en una yegua blanca y rechoncha que encabezaba las marchas. No podíamos hablarle pues iba contando las ovejas. Mi primo Daniel iba en la Tobiana. Ticoro, un hombre viejo, tuerto, cerraba la marcha junto conmigo. A veces nos acompañaba Leonel, un peón-socio de mi tío que le ayudaba con la quesería. Entre todos remedábamos una especie de compañía de arrieros de medio turno. Salíamos después del ordeñe, como a las ocho, y volvíamos a las doce. A veces había que cruzar la laguna de La Salamanca, que se formaba en un recodo del arroyo Carreta Quemada. Parecía una escena de película yanqui. Mi tío siempre me decía que no le contara a mi madre. Y yo no pensaba hacerlo.
  


miércoles, 30 de julio de 2014

EL PROBLEMA DE LA EVALUACIÓN DE LOS ESTUDIANTES


 Llegado el momento, todo estudiante debe probar que sabe algo. Para ello se han diseñado distintas formas de evaluación que generalmente responden a diversas concepciones del conocimiento, de los saberes, de lo que debe o no ser transmitido y de cómo ha de ser transmitido.
  Pero antes deberíamos plantearnos algunas preguntas.
  ¿Qué es lo que debe ser considerado “conocimiento”?
  ¿Por qué esas cosas lo son y otras no?
  ¿Con qué lógica se eligen esos contenidos y no otros?
  ¿Quiénes son las personas que seleccionan lo que debería transmitirse y lo que no?
  Los estudiantes, ¿consideran relevante lo que reciben en sus horas de estudio?
  ¿Importa, acaso, lo que los estudiantes consideren relevante?
  Y podríamos seguir con una larga lista de preguntas ante las que todos los profesionales de la educación deberían meditar. Preguntas que deberían, además, ser de interés de las familias de los estudiantes.
  Una vez sensibilizados con ellas, iremos entonces hacia el tema de la evaluación. Pertenezco a una generación de estudiantes –aquellos que cursamos la secundaria a fines de la década de los ochenta y a principios de la de los noventa –, en la que la palabra examen tenía un significado muy perentorio. Éramos capaces de pasarnos nuestras buenas ocho horas al día, desde un mes antes, estudiando para el periodo de exámenes obligatorios, que serían como máximo cinco, pues, si habíamos hecho bien las cosas (lo que no siempre ocurría, al menos en mi caso), podíamos exonerar las cinco o seis materias restantes.
  La lógica del examen era bastante sencilla: uno debía estudiar lo que el profesor había dictado en clase, de preferencia con sus propias palabras (las del profesor), y vomitarlo sin digerir de acuerdo a una serie de bolillas que se sacaban de un bolillero. El desempeño excelente radicaba en poder repetirle al profesor lo mismo que él había dicho una vez. Una experiencia que, con un poco de humor, y desde nuestra perspectiva actual, podríamos tildar de ridícula. Un hombre que se cree en poder de cierto conocimiento se lo entrega, cual objeto, a otro sujeto menor en edad y después le pide a éste que se lo devuelva, aunque él ya lo “tiene”… No resiste el más leve análisis.
  Pero hoy el asunto es un poco distinto. El estudiante de secundaria está inmerso en un proceso de evaluación permanente. Lo que es lo mismo que decir que siempre tiene los ojos de sus docentes puestos en su desempeño curricular  y en su forma de comportarse en clase frente a sus compañeros. Diagnósticos, escritos mensuales, pruebas sumativas, parciales de mitad de año, parciales de final de año, trabajos especiales y proyectos constituyen hoy la diversa fauna de criaturas encargadas de adormecer los sentidos críticos del estudiante y, sobre todo, de someterlo a un régimen donde el concepto clave es el control.

  Es muy difícil, entonces, que el estudiante se lance al mundo del conocimiento por puro gusto y por iniciativa propia. Y aun más difícil, por no decir imposible, que deje de lado el recurso de estudiar de memoria para suplantarlo por el del pensamiento creativo. Lo que termina sucediendo es lo de siempre: repetición de conceptos, ejercicios, teorías, etc., que al final no tienen nada que ver con el estudiante. Esos conceptos, ejercicios y teorías pasan por su cabeza como podría pasar un soplo de aire por un tubo de plástico. Nada cambia de estado y concluimos en que, como no se pueden evaluar más que cierto grado de conocimientos concretos, todo lo demás es irrelevante, prescindible. Y en ese “todo lo demás” que el sistema educativo no valora se meten, usualmente, la imaginación, la capacidad creativa, el pensamiento verdaderamente crítico del estudiante y la generación de un conocimiento propio que, como es nuevo, tampoco es “medible”.