domingo, 10 de agosto de 2014

Escrituras del yo (II): CABALLOS

SUEÑO. Era un caballo de pelo amarillento. Cuando lo conocí tenía cerca de treinta inviernos y era un animal bien mañero. Su trote era corto y atropellado y la boca se le había endurecido. Resultaba difícil hacerle respetar la rienda y el freno. Mi abuelo lo tenía para el charret, algo en lo que el pobre todavía podía dar una mano. Montarlo era distinto. Solo en emergencias. Con el tiempo, y sobre todo porque mi abuelo ya había dejado de prender el charret, Sueño fue resabiándose de tal forma que resultaba difícil acerársele. Ponerle los arreos ya era tarea imposible. Había dado, hacía años, lo mejor, y ahora solo quería descansar. Jamás lo vi galopar.
 MALEVO. Nunca le hizo honor al nombre. Fue un caballo manso y bueno. Llegó para ser compañero de Sueño y rápidamente se convirtió en la principal herramienta de la casa. Servía tanto para el arado como para la montura. Muchas veces un cuero de oveja era suficiente. Yo mismo, con escasos siete años, podía ponerle el freno sin problemas y, arrimándolo a algún alambrado, subirme a él a duras penas y contando siempre con su benevolencia.
  En aquel  tiempo leía las historietas de Patoruzú y las de su derivado infantil, Patoruzito. El cuerpo rechoncho y castaño de Malevo no se prestaba para confundirlo ni con Pamperito ni con Pampero, los estilizados caballos de las historietas. Pero en la imaginación de un niño cabe casi todo. Entonces galopar sobre Malevo por un potrero de Tranqueras Coloradas se convertía en una aventura de Tehuelches por la Patagonia. También eran los tiempos del Llanero Solitario y del Zorro, que montaban otros Malevos como el de mi abuelo, que ahora me llevaba raudo cerca del cañadón y que solo, sin que yo tuviera que ordenárselo, aminoraba la marcha para cruzar por el lugar de siempre, el más seguro.


TOBIANA. La llamaban así por el pelaje. Era uno de los cuatro o cinco caballos de los que disponía mi tío Eleodoro –Lelo para los amigos- en su campo de Carreta Quemada. Una yegua pesada pero rápida. Su pelaje era gris manchado ocasionalmente de marrón. No siempre estaba de buen ánimo. Fue la primera montura que tuve en la casa de mi tío, pero un buen día dejaron de dármela. Parece que había echado para atrás a algún chambón que la tendría resabiada y ahora no se la daban a los niños. Fue por eso que me tocó el mejor caballo que haya montado alguna vez.
GUAYABO. Era un animal hermosísimo. De pelaje colorado oscuro, sus patas eran blancas, al igual que la mancha que adornaba su frente desde el testuz hasta la boca. Sus líneas eran afinadísimas. Cuando galopaba era una sensación notable de felicidad. Como si el cuerpo del jinete ocasional –yo o cualquiera, pues siempre comentábamos lo hermoso que era ese galope- hubiera nacido con conexiones con el animal, lo que me recuerda aquella famosa película.
  Salíamos por el campo cada dos días. Mi tío iba en una yegua blanca y rechoncha que encabezaba las marchas. No podíamos hablarle pues iba contando las ovejas. Mi primo Daniel iba en la Tobiana. Ticoro, un hombre viejo, tuerto, cerraba la marcha junto conmigo. A veces nos acompañaba Leonel, un peón-socio de mi tío que le ayudaba con la quesería. Entre todos remedábamos una especie de compañía de arrieros de medio turno. Salíamos después del ordeñe, como a las ocho, y volvíamos a las doce. A veces había que cruzar la laguna de La Salamanca, que se formaba en un recodo del arroyo Carreta Quemada. Parecía una escena de película yanqui. Mi tío siempre me decía que no le contara a mi madre. Y yo no pensaba hacerlo.
  


miércoles, 30 de julio de 2014

EL PROBLEMA DE LA EVALUACIÓN DE LOS ESTUDIANTES


 Llegado el momento, todo estudiante debe probar que sabe algo. Para ello se han diseñado distintas formas de evaluación que generalmente responden a diversas concepciones del conocimiento, de los saberes, de lo que debe o no ser transmitido y de cómo ha de ser transmitido.
  Pero antes deberíamos plantearnos algunas preguntas.
  ¿Qué es lo que debe ser considerado “conocimiento”?
  ¿Por qué esas cosas lo son y otras no?
  ¿Con qué lógica se eligen esos contenidos y no otros?
  ¿Quiénes son las personas que seleccionan lo que debería transmitirse y lo que no?
  Los estudiantes, ¿consideran relevante lo que reciben en sus horas de estudio?
  ¿Importa, acaso, lo que los estudiantes consideren relevante?
  Y podríamos seguir con una larga lista de preguntas ante las que todos los profesionales de la educación deberían meditar. Preguntas que deberían, además, ser de interés de las familias de los estudiantes.
  Una vez sensibilizados con ellas, iremos entonces hacia el tema de la evaluación. Pertenezco a una generación de estudiantes –aquellos que cursamos la secundaria a fines de la década de los ochenta y a principios de la de los noventa –, en la que la palabra examen tenía un significado muy perentorio. Éramos capaces de pasarnos nuestras buenas ocho horas al día, desde un mes antes, estudiando para el periodo de exámenes obligatorios, que serían como máximo cinco, pues, si habíamos hecho bien las cosas (lo que no siempre ocurría, al menos en mi caso), podíamos exonerar las cinco o seis materias restantes.
  La lógica del examen era bastante sencilla: uno debía estudiar lo que el profesor había dictado en clase, de preferencia con sus propias palabras (las del profesor), y vomitarlo sin digerir de acuerdo a una serie de bolillas que se sacaban de un bolillero. El desempeño excelente radicaba en poder repetirle al profesor lo mismo que él había dicho una vez. Una experiencia que, con un poco de humor, y desde nuestra perspectiva actual, podríamos tildar de ridícula. Un hombre que se cree en poder de cierto conocimiento se lo entrega, cual objeto, a otro sujeto menor en edad y después le pide a éste que se lo devuelva, aunque él ya lo “tiene”… No resiste el más leve análisis.
  Pero hoy el asunto es un poco distinto. El estudiante de secundaria está inmerso en un proceso de evaluación permanente. Lo que es lo mismo que decir que siempre tiene los ojos de sus docentes puestos en su desempeño curricular  y en su forma de comportarse en clase frente a sus compañeros. Diagnósticos, escritos mensuales, pruebas sumativas, parciales de mitad de año, parciales de final de año, trabajos especiales y proyectos constituyen hoy la diversa fauna de criaturas encargadas de adormecer los sentidos críticos del estudiante y, sobre todo, de someterlo a un régimen donde el concepto clave es el control.

  Es muy difícil, entonces, que el estudiante se lance al mundo del conocimiento por puro gusto y por iniciativa propia. Y aun más difícil, por no decir imposible, que deje de lado el recurso de estudiar de memoria para suplantarlo por el del pensamiento creativo. Lo que termina sucediendo es lo de siempre: repetición de conceptos, ejercicios, teorías, etc., que al final no tienen nada que ver con el estudiante. Esos conceptos, ejercicios y teorías pasan por su cabeza como podría pasar un soplo de aire por un tubo de plástico. Nada cambia de estado y concluimos en que, como no se pueden evaluar más que cierto grado de conocimientos concretos, todo lo demás es irrelevante, prescindible. Y en ese “todo lo demás” que el sistema educativo no valora se meten, usualmente, la imaginación, la capacidad creativa, el pensamiento verdaderamente crítico del estudiante y la generación de un conocimiento propio que, como es nuevo, tampoco es “medible”. 

sábado, 19 de julio de 2014

Escrituras del yo (I): MIENTRAS CORRO

What happened to the funny paper?

  Dos veces por semana corro cuatro kilómetros por un camino que aquí llaman de la Costa. Acompaña en paralelo al río San José y luego de dirigirse hacia el este gira hacia el sur para desembocar en la ruta 45.
  Cosas bastante impresionantes han ocurrido allí. De algunas prefiero no hablar. Y prefiero no hablar porque simplemente tengo miedo.
  Eso del miedo es porque elijo una extraña hora entre penumbras para correr.
  En la parte del camino que va de este a oeste, cercano al mojón del kilómetro tres, hay una pequeña construcción que recuerda a un chico que hace varios años murió en un accidente. Las flores están siempre frescas. Me parece ver unas manos de mujer colocándolas en su lugar. Aunque nunca he visto a nadie.

Saw you on the TV station and it made me wanna pray…

  Aprovecho para rezar mientras corro. No lo hago porque sea católico. Lo hago por un simple y genuino temor a Dios. No está de moda el temor a Dios. Y menos si es de los inculcados a puro dogma por una catequista medio maléfica como la que tuve en suerte, aunque la recuerdo con cariño.
  Rezo el Padrenuestro. Después el Avemaría. Después dos oraciones que inventé yo mismo. Termino con el ángel de la guarda. Todo esto no dura más de medio minuto a una dicción mental ultrarrápida, por lo que repito las oraciones en cuatro o cinco series de diez mientras hago todo el recorrido.
  Cuando paso por la pequeña construcción dedico un pensamiento al chico muerto. Iba en moto a trabajar al frigorífico y una vaca se le atravesó. Así de poco trágica puede ser una muerte. Así de vacua e inexplicable.
  Siempre le pregunto a Dios acerca de aquello, mientras le rezo. Y siempre me responde lo mismo: silencio. Hay quienes dirán que eso no es una respuesta. Pero lo es.

I know you from another picture…

  En ocasiones, en vez de correr agarro la bicicleta. Entonces tengo que cuadruplicar el kilometraje. Llego hasta el punto en que el camino dobla hacia el sur y avanzo hasta que termina el bitumen. O sea, seis o siete kilómetros más.
  Odio tener viento a favor hacia el sur, mientras me alejo. Porque el viento a favor te da la sensación de que podés llegar adonde quieras.
  Pero después tenés que volver, querido amigo. Con viento en contra.
  Recuerdo un mediodía soleado con viento a favor. Mi bicicleta es una Seagull china, toda de hierro y con frenos de varilla. En reposo, es de las cosas más pesadas del mundo. Pero andando es otra cosa. Se desliza fácilmente.
  Ese día había resuelto avanzar un poco más allá del bitumen. Cuando iba más o menos la mitad del camino que había planeado pasé por un rancho. Una casa o un rancho. O ambas cosas. Había un transparente justo frente a la entrada principal. Y del transparente colgaba, por su cuello, un lagarto enorme.
  Miré de nuevo para cerciorarme.
  El animal estaba inmóvil. Seguramente el dueño del rancho lo había dejado como advertencia para otros. Aunque no sé si un lagarto puede razonar con la facilidad de aquel hombre.
  Me vino miedo y me di vuelta.


I guess you didn´t see it coming…

  He tenido algunas malas sorpresas en el camino.
  Una vez le pasé por encima, a pocos centímetros, a una serpiente enroscada. El animal pegó el salto en la dirección contraria y quedó desplegada sobre la ruta. No era muy grande pero igualmente impresionaba. Le saqué un par de fotos con mi anterior celular.
  Otro día, en la cabecera de un pequeño puente que hay pasando el segundo mojón, justo en la curva que desemboca en calle Treinta y Tres, habían hecho una macumba. Allí estaban los restos amorfos de una gallina, maíz, bolsas varias, velas derretidas y pegadas a la pequeña vereda del puente. Un escenario ciertamente singular. Recuerdo que esa vez pensé en por qué no volvía a correr en el parque, como el noventa y nueve por ciento de las personas que corren en esta ciudad.
  El parque es un ambiente mucho más civilizado. Un lugar al que uno va y simplemente corre.
  En el Camino de la Costa, en cambio, hay muchas, muchísimas operaciones mentales aguardando. Acechando. Muchas imágenes. Muchas especulaciones. Muchas preguntas.
 

The drift wood in your eyes said nothing short of love for pain

  Una gallina en un rito es algo extraño, pero algunos pueden tolerarlo.
  Un lagarto colgado del cogote, si es el lagarto que te come las gallinas, puede pasar.
  Pero en el camino hay algunas cosas peores. Porque cada tanto, flotando en el curso de agua que pasa debajo del puente, puede verse una bolsa de plastillera atada por la boca. Son perros. Probablemente cachorros que alguien no quiere cuidar. Les pegan con un palo en la cabeza, los meten a la bolsa y los arrojan. Y nadie los saca del agua.
  Intento hablar con Dios de nuevo. Sé que hay otro silencio esperándome por algún lado, y lo quiero.
 
We used to read the funny papers.

  Siempre escucho a los Red Hot Chili Peppers mientras corro o ando en bici.
  Hubo una época para las otras bandas. Sobre todo los Gun´s, que me acompañaron en aquellas corridas juveniles en pos de un esquivo puesto entre los cinco titulares de los varios cuadros de básquetbol en los que intenté jugar. También, mucho más tarde, habría lugar para U2, los Cranberries, REM.

  Pero desde hace ya varios años ningún álbum es tan bueno para correr como el Stadium Arcadium. Aunque el I´m with you se la emparda.  

sábado, 10 de agosto de 2013

UN POCO DE MITOS IRLANDESES nunca viene mal

La mitología céltica es un interesante y complejo legado de leyendas, creencias y poesía que puede abarcar territorios tan disímiles como las Galias francesas, el norte Irlandés, el País de Gales, o los míticos Cornualles británicos, donde se amaron Tristán e Isolda después de beber el filtro de amor. Todas estas regiones ostentaban como rasgo común el uso de la lengua celta, lo que las identificaba como herederas de cierta estructura socio-cultural común, ya que no de un tipo racial propio. Es posible vislumbrar los innumerables puntos de contacto del ciclo mitológico irlandés, muy particular dentro de la cultura céltica en general, con los mitos griegos anteriores en el tiempo. Estas analogías, que han sido investigadas y reinterpretadas por historiadores, poetas y narradores de diverso origen, encajan dentro de lo que C. G. Jung denominaba como “construcciones arquetípicas”, unidades de conocimiento intuitivo que se repiten en todas las culturas, o, como quería Platón, modelos primordiales y eternos de las cosas. LOS HIJOS DE DANA. En los tiempos antiguos, dos tribus ocupaban las que más tarde se denominarían Islas Británicas. Eran dos tribus rivales, cuyos nombres eran Formoré y Nemeds. Enfrentados desde el inicio de los tiempos, en la isla de Tory se desató el episodio final, conocido como la batalla de Mag Tured, a la que otros denominan como matanza de la Torre de Conaan, y en donde los Formoré arrasaron a sus enemigos. Los treinta sobrevivientes de los Nemeds, divididos en tres grupos, partieron tras la derrota hacia nuevas tierras donde establecerse. Así, uno de los grupos, al mando de Britain, se estableció en lo que hoy es Inglaterra; un segundo grupo, los Firbolg, que puede traducirse como “los hombres de Bolg”, habrían ocupado la actual Irlanda; finalmente, la última de estas razas sería la de los Tuatha de Danaan, hijos de la diosa Dana, quienes aparecerían de nuevo en los territorios perdidos con la intención de vengar la derrota anterior. ¿Y quién es Dana? Muchos autores la identifican también con el nombre de Brigit. Dana, o Brigit, es una típica diosa céltica, cuya feminidad la eleva incluso por encima de los demás dioses tutelares, que en general descienden de ella. Los Tuatha de Danaan, sus hijos, evolucionarían hasta convertirse ellos mismos en dioses. Tres de los hijos de Dana son muy conocidos en este círculo de leyendas. Sus nombres son Brian, Iuchar y Uar, aunque a veces se los designa también como Brian, Iucharba e Iuchair. Entre las prerrogativas de Dana estaba la de regir todo lo que hoy llamaríamos literatura. Los tres hijos engendraron, a su vez, un solo hijo común, conocido como Ecné: ciencia o poesía. De la tríada formada por Brian, Iuchar y Uar, es el primero el que concita más importancia como dios de lo luminoso y lo divino, mientras que los otros dos son un simple desdoblamiento acorde a criterios funcionales. El número tres, con la misma connotación cristiana de tres que forman uno, está también presente en la mitología irlandesa en relación a estos hijos de Dana. El culto de Brigit, nombre popular de Dana, fue absorbido por la reconversión mística que el cristianismo propició durante la alta edad media, con el fin de que los pueblos del antiguo imperio romano no resistieran la nueva religión. A tales efectos la diosa pagana Brigit derivó en Santa Brígida, que pasó a ser adorada con carácter nacional. FAMILIAS COMO CUALQUIERA. Balar es un dios proveniente de la raza de los formoré, caracterizado por su deslealtad y sus extraños atributos físicos: un solo ojo en la frente, con las funciones habituales de cualquier ojo, y otro en la parte posterior del cráneo, este sí con características especiales, ya que era portador del mal y debía permanecer cerrado. Al abrirlo, lo que Balar hacía en momentos de enojo, su mirada era mortal para aquel en el que se fijara. El punto de contacto con el mundo griego lo da la analogía con el mito de la gorgona Medusa, cuya mirada petrificaba a los hombres que se cruzaban con ella, y que debió ser muerta por Perseo a pedido de Polidectes. Se cuenta en el mito irlandés que Balar, cuyo tamaño era mayor que el de los hombres, mató al rey Nuadu con su mirada de rayo. Lug, que era nieto de Balar, decidió vengar a Nuadu y se aproximó por detrás ya que el ojo maligno, después de su pérfida hazaña, se había vuelto a cerrar. Al advertir el movimiento de Lug, Balar intentó abrirlo otra vez, pero su nieto fue más rápido: le arrojó una piedra con su honda, atravesándole la cabeza a través, justamente, del ojo semiabierto. Una nueva honda, en manos de un nuevo David, mató a un nuevo Goliat. Pero esta versión de los hechos es refutada por cierto relato irlandés que redimensiona los personajes y les proporciona otras vicisitudes. Al parecer cierto adivino había anunciado a Balar que sería asesinado por su nieto, quien aún no había nacido. Así las cosas, Balar mandó a encerrar a Ethné, su única hija, en una torre de piedra inexpugnable que mandó a construir en la isla de Tory. Ordenó entonces que su hija fuera asistida por doce mujeres, quienes tenían instrucciones precisas de no mencionar una sola palabra acerca de la existencia de los hombres. Ninguna de ellas trasgredió estas órdenes, pero no contó Balar con que la prisión se hallaba en lo alto de la isla, y desde allí Ethné usualmente divisaba los navíos que surcaban el mar y veía que los conductores de aquellos navíos eran seres diferentes a ella y a sus doce esclavas. Mientras tanto, Balar, que vivía en la misma isla y era un dios signado por la crueldad y el desatino, se dedicaba a molestar todo el tiempo a los demás hombres y dioses que estaban a su alcance. Un buen día llegó a sus oídos la historia de cierta vaca lechera cuya abundante producción era la novedad en Irlanda entera. Así fue que cruzó hasta la costa irlandesa, donde vivía el dueño de tan portentoso animal, un tal Mac Kineely, hermano de Gavida, el herrero, y de Mac Samthainn. Mediante una serie de ardides, Balar logró apoderarse de la vaca cuando estaba siendo vigilada por uno solo de los hermanos, a quien fue sencillo engañar. Mac Kineely decidió vengarse, presentándose en la isla vestido con ropas de mujer. Con la complicidad de un hada logró penetrar en la torre donde estaba Ethné, de quien se enamoró inmediatamente. Como resultado de esto, Ethné quedó embarazada. Más tarde dio a luz tres hijos, tres nietos de Balar, por falta de uno. Advertido el dios de estos sucesos, las represalias no tardaron en llegar. Balar envolvió a los tres niños en una tela que ató con un prendedor; acto seguido ordenó que fueran arrojados a los abismos marinos. Pero Balar no contaba con que el prendedor fallaría y uno de los niños se salvaría de la muerte rescatado oportunamente por el hada que antes había intervenido a favor de su padre. El hada, cuyo nombre nunca es mencionado, presentó el niño a Gavida, el herrero, para que lo educara. Mientras tanto la mano vengativa de Balar dejó sentir su peso sobre Mac Kineely, a quien le fue cortada la cabeza como castigo por la afrenta realizada. Más tarde, Gavida y el niño aprendiz de herrero debieron trabajar para Balar como esclavos. Cierto día, estando el joven en la herrería, Balar comenzó a jactarse de sus hazañas. Provocó así la ira de Lug, el nieto ignorado, quien le introdujo una barra de hierro al rojo vivo a través de su ojo maligno, provocándole una muerte inmediata.

sábado, 3 de agosto de 2013

CAMPO

Cuando niño pasé la mayoría de mis vacaciones en la casa de mis abuelos en el campo. Se trataba de una pequeña porción de tierra de treinta hectáreas en la zona de Tranqueras Coloradas, a diez quilómetros de Raigón y a quince de San José. En mis primeros años, mis años sin hermano, mis padres me llevaban allí en bicicleta, sentado en un asiento especial que habían adozado al manubrio. De esos viajes solo recuerdo imágenes breves, apenas destellos del camino, tonos de verde, algunos árboles muy viejos y las palmeras del tramo de la ruta 11 que une el puente carretero con la estación de Raigón, y que todavía están allí. En años posteriores íbamos en una vieja cachila anaranjada de los años cuarenta con caja de madera que mi padre se había comprado con la intención de traer cosas de la quinta de mis abuelos para la casa de la ciudad. Verduras, leche en tarro, quesos, flores que mi abuela después vendía en el mercado. Mi lugar en la cachila era la caja, sentado sobre algún buzo viejo, alguna frazada de ocasión o algún tronco que cumpliera la función de taburete. La cachila no tenía amortiguación de ninguna clase. Picaba en cada pozo del camino y sus ruedas finas se empantanaban con facilidad en el arroyo que había que cruzar para llegar a los ranchos. Más de una vez hubo que uncir los bueyes para sacarla del atascamiento. Sin embargo, todo aquello tan problemático para los adultos no dejaba de tener su lógico atractivo. Mi abuela siempre tenía monedas para darme. Claro que debía hacer algo para conseguirlas. Algo como trabajar. Aprendí a ordeñar a mano. No había muchas vacas. Apenas diez o doce, de las que me tocaban solo tres o cuatro, mientras el Pocho (peón-socio de mi abuelo) se ocupaba del resto. Mi problema mayor consistía en evitar que las vacas recién paridas «subieran» la leche para sus terneros, lo que hacían endureciendo la ubre y aflojándola a voluntad. A las nueve regresábamos a la cocina del rancho para el segundo desayuno. Rato después volvíamos a las faenas de la mañana. El Pocho colgaba un enorme tacho de hierro de un trípode y preparaba la leña. Medía la cantidad de suero exacta para la leche que habíamos ordeñado y la cuajaba. Parte del líquido se hacía cremoso y luego había que cortarlo con una paleta de madera muy fina que se pasaba como dibujando pequeños cuadrados para un tablero de ajedrez gelatinoso. Entonces encendíamos el fuego y colgábamos un termómetro del borde del tacho. Había que alcanzar cierta temperatura (que ahora no recuerdo) y mantenerla estable durante un par de horas. La cuajada se iba achicando hasta que solo quedaba una pasta hecha de grumos que debíamos revolver durante una hora. Al final la colábamos y sujetábamos con unos paños amarillos, la apretábamos en una horma y después la prensábamos con piedras y maderas dispuestas para ello. Para entonces ya serían las once y media. Mi abuelo había dado de comer a las gallinas y regresaba de la quinta. Venía de arar la tierra con los bueyes o de carpir los yuyos con la azada. Traía en un balde negro algunas verduras que de inmediato limpiaba, pelaba y ponía en una olla. Mientras tanto mi abuela había terminado de limpiar los canteros de las flores y cocinaba el almuerzo o preparaba los pormenores para la carneada del fin de semana. Al mediodía todos amargueaban durante media hora, casi siempre en silencio, un silencio que era como un manso reproche al cansancio de la jornada. Comíamos escuchando la radio. CW 41 la mayoría de las veces. En ocasiones Clarín o Carve. Para ahorrar batería, la televisión se reservaba para la noche. Después del almuerzo era obligatoria la siesta, aunque la mayoría de las veces yo prefería cambiarla por una excursión por los montes, honda en mano. Hoy me arrepiento de haber matado pájaros de esa manera. Con gusto organizaría alguna charla o seminario dedicado a niños con esta abominable costumbre... porque ese es uno de los recuerdos más torturantes que me quedan de aquellos días felices. El sábado vendrían los vecinos, el Pelado Acosta, el tuerto Mascheroni, el tío Alfredo y mis padres. Era el día de la carneada. Se madrugaba para terminar el ordeñe bien temprano y quedar ya libres para el resto de las faenas. Lo primero era traer el ternero que sería faenado junto con el chancho. Recuerdo una vez en la que resultó realmente penosa esta labor... La vaca madre se llamaba Estrella, nombre que había obtenido gracias a una peculiar mancha en el costado. El animal sabía, presumo que por los preparativos, lo que ocurriría con su hijo. No había manera de separarlos y mi abuelo debió ensillar el caballo (el Sueño o el Malevo) para llevarse a la cría al potrero más chico y enlazarlo. Los mugidos de Estrella nunca se me borrarán de la memoria. Presenció la muerte del ser que había engendrado desde el otro lado del alambrado y, a la manera vacuna, lloró y murió también un poco. Con el chancho el tema era bien distinto. No había allí madre alguna para velar o lamentarse por él. Yo me escondía siempre en el dormitorio para no escuchar los gritos y la agonía. Creo que tenía miedo de que el animal se retobara y empezara a dar dentelladas para cualquier lado. Me parecía peligroso eso que hacían los hombres. Era otro mundo. FOTO: primer plano, tranquera principal del campo de mis abuelos. A lo lejos, los árboles que rodeaban los ranchos y los galpones (que ya no están). A un costado, mi sombra, 27 años después.

sábado, 13 de julio de 2013

SECCIÓN RESCATE: PROFECÍAS Y LITERATURA

La Égloga. Los proféticos Libros Sibilinos de la tradición latina se perdieron. Inspirado en ellos, Virgilio escribiría en el año 37 a. C. su famosa Égloga IV, una críptica profecía destinada a generar polémica y malos entendidos a lo largo de la historia y que transcribo a continuación traducida por Philéas Lébegue: Ya vuelve la última era de la predicción de Cumes, De nuevo comienza el gran orden de los siglos. Ya vuelve también la Virgen, vuelve el reinado de Saturno; Ya una nueva raza desciende del alto cielo. Tú, casta Luciana, favorece solamente al niño naciente Por el cual primero cesará la edad de hierro, Luego aparecerá la raza de oro por el mundo entero: Ya reina tu Apolo. Un siglo después, cuando las historias sobre Jesús de Nazareth comenzaban a conocerse en Roma, estos versos adquirieron estatus de premonición. Muchos vieron en aquel “De nuevo comienza el gran orden de los siglos./ Ya vuelve también la Virgen...,/”, etc., una visión profética del nacimiento del verdadero primus inter pares. Treinta y siete años antes (aproximadamente), Virgilio lo había escrito. Esta idea, defendida por los cristianos de los primeros tiempos, crece en popularidad hacia la alta edad media debido a la necesidad de sacralizar elementos culturales provenientes del paganismo. Con la misma lógica con que se readaptaron las fiestas saturnales, se redimensionaron los versos del poeta latino más importante de la antigüedad clásica. Ahora bien, ¿qué tal si dijéramos, siguiendo en esto a Carcopino (Virgile et le Mystere de la IVe Eglogue), que la mencionada composición es un intento de Virgilio de manifestarse condescendiente con un tal Pollion, quien recientemente había sido nombrado Cónsul, y que, además, iba a tener un hijo por esos días? Ese hijo, un tal Salonius, que provocó la creación de versos inmortales, no hizo nada extraordinario (por así decirlo), y murió muy joven. Dante, Estacio y Virgilio. En su obra, Dante condena a políticos que fueron sus enemigos (incluso todavía vivos en el plano de lo que llamaríamos la realidad al momento de la escritura de la obra), redime a alguno de sus violentos familiares, manda al Infierno a Papas y prelados e incluso llega a adjudicarse una visión de Dios, algo que otros grandes poetas y filósofos condenados por él mismo al limbo nunca llegarán a obtener (en su imaginario, Sócrates o Platón nunca llegarán a “ver” la Verdad; ¿acaso no se trata, para ellos dos al menos, del peor castigo de todos?). Es que Dante, lejos de aquel hombre confundido, perdido en la selva oscura en la mitad del camino de la vida, en realidad actúa como Dios. Haciendo gala de sus divinas facultades de juicio, en consonancia con la creencia medieval de que Virgilio había profetizado el nacimiento de Jesús, una de las invenciones más inteligentes del poeta tiene que ver con esa profecía. En el Canto XXI del Purgatorio Dante y Virgilio deambulan por el círculo donde los avaros pagan por sus faltas. En determinado momento los atemoriza un fuerte temblor de la montaña. Una sombra se les aproxima, explicándoles que lo que han percibido es el estremecimiento del cielo ante su propia alma, que se ha purificado por entero y cuya voluntad es la de ascender libre de las cargas de la culpa hacia el tercero de las reinos. Dante pide al espíritu recién llegado que se identifique. Ante la sorpresa de ambos, la sombra dice ser Estacio, el célebre poeta latino autor de una Tebaida y una incompleta Aquileida. Pero lo que más impresiona de este encuentro es la voluntad de esta alma de pasar más tiempo sufriendo los castigos del Purgatorio si por algún artilugio divino se le permitiera nacer de nuevo en los tiempos de su admirado Virgilio, de quien lo distanció un siglo, y a quien aun no ha podido identificar en aquella sombra que acompaña a Dante. Dante sonríe y explica que quien lo acompaña es justamente Virgilio. Estacio quiere arrodillarse pero Virgilio lo impide y le pregunta cómo es que un poeta latino, cuyas obras no dejan traslucir ningún rasgo de cristiandad, ha sido premiado con el ascenso a los cielos. Y aquí viene la fantástica invención de Dante: Estacio, cuya admiración por Virgilio no conoce límites, ha sido iluminado por la IV Égloga. A su abrigo ha conocido a los primeros cristianos y ha compartido sus ideas. Por eso, a pesar de haber cantado a los mitos paganos (es curiosa la justificación de este hecho esgrimida por el propio Estacio), se encuentra a un paso de la salvación. Imaginemos por un momento lo que debe haber pensado Virgilio, la humilde resignación de la que tiene que haber sido capaz para tolerar que sea otro el que se salve mientras él, autor material de la Égloga IV, está condenado por toda la eternidad a prescindir de la visión de Dios. Imaginemos a Dante: a pesar de su admiración, no tiene otra opción que condenarlo. (Agosto de 2006)

jueves, 13 de diciembre de 2012

IN MEMORIAM: POLÉMICO RAY BRADBURY (1920-2012) y las minorías

CODA (Texto escrito por Ray Bradbury para la edición de 1979 de su libro Fahrenheit 451, editorial Del Rey). Traducción: Pedro Peña. Hace más o menos dos años, llegó una carta de una joven dama de Vassar, muy solemne, contándome cuánto había disfrutado leyendo mi experimento en mitología espacial, Crónicas Marcianas. Pero, agregaba ella, ¿no sería una buena idea, con el paso del tiempo, re-escribir el libro insertando más personajes y roles femeninos? Unos cuantos años antes, recibí cierta cantidad de correo que concernía al mismo libro acerca de Marte quejándose de que los únicos negros del libro eran los del Tío Tom y preguntando por qué no “los hacía de nuevo”. También en esos días me llegó una nota de un blanco sureño sugiriendo que yo era prejuicioso a favor de los negros y que la historia completa debería ser desechada. Hace dos semanas llegó a mi montaña de correo una pequeña carta de una bien conocida casa editorial que quería republicar mi relato The Fog Horn como material para las escuelas secundarias. En mi relato, yo había descrito un faro que tenía, tarde en la noche, cierta iluminación que salía de él y que era una “God-Light” (N. de T.: Luz Divina). Mirándolo desde la perspectiva de cualquier criatura del mar, uno hubiera sentido que estaba frente a “the Presence” (N.de T.: “la Presencia”). Los editores habían decidido borrar “God-Light” y “the Presence”. Hace unos cinco años, los editores de otra antología para estudiantes de secundaria editaron un volumen con 400 relatos cortos. ¿Cómo puede alguien forzar 400 relatos de Twain, Irving, Poe, Maupassant y Bierce para que quepan en el mismo libro? La simplicidad en sí misma. Desollar, deshuesar, quitar la médula, filetear, poner a calentar, fundir y destruir. Cada adjetivo que podía ser importante, cada verbo que se movía, cada metáfora que pesara más que un mosquito, ¡afuera! Cada comparación capaz de provocar un leve tick en la boca de un idiota, ¡afuera! Cada desvío que explicara la filosofía propia de un escritor de primera línea, ¡perdido! Cada relato, afinado, hambreado, demacrado, desangrado por sanguijuelas hasta quedar blanco, era igual a cualquier otro de los relatos. Twain se leía como Poe, que se leía como Shakespeare, que se leía como Dostoievski, que se leía, al final, como Edgar Guest. Cada palabra de más de tres sílabas había sido rasurada. Cada imagen que demandara tanto como un segundo de atención, tiroteada hasta la muerte. ¿Comienzan a entender esta maldita e increíble imagen? ¿Cómo reaccioné a todo esto? Le prendí fuego a todo. Enviando esquelas de rechazo a todas y cada una. Enviando pasajes a la asamblea de idiotas para los más lejanos confines del infierno. El punto es obvio. Hay más de una forma de quemar un libro. Y el mundo está lleno de gente corriendo por todos lados con fósforos encendidos. Cada minoría, sea tanto Bautista, Unitaria, Irlandesa, Italiana, Octogenaria, Budista Zen, Zionista, Adventistas del séptimo día, Republicanos, Matachines, siente que tiene el derecho, la tarea, de administrar el querosén y encender el tubo. Un mes atrás envié una obra, Leviathan 99, al teatro de una universidad. Mi obra está basada en la mitología de Moby Dick, dedicada a Melville, y trata acerca de la tripulación de un cohete y su capitán obsesionado por el espacio, que van a encontrarse con el Gran Cometa Blanco, y así destruir al destructor. Mi drama fue estrenado en París este otoño. Pero, al menos por ahora, la universidad respondió que difícilmente se atrevieran a llevarla a cabo: ¡no había mujeres en la obra! Las damas feministas de la universidad tomarían sus bates de baseball si el departamento de actuación lo intentara siquiera. Les respondí que, si nos pusiéramos a contar, una gran parte de Shakespeare nunca más podría ser visto, especialmente si contábamos líneas, donde encontraríamos que todo lo que era sustancial generalmente iba a lo masculino. Este ya es un mundo loco, y se volverá peor de loco si les permitimos a las minorías, sean éstas enanos o gigantes, orangutanes o delfines, pro-cabezas nucleares o defensoras del agua, pro-computadoras o enemigas de las máquinas, ignorantes o sabias, interferir con la estética. El mundo real es el campo de juego para todos y cada uno de los grupos; su tiempo para hacer y deshacer leyes. Pero la punta de la nariz de mi libro o mi relato o mi poema es donde sus derechos terminan y mi imperativo territorial comienza, rige y reglamenta. Si a los mormones no les gustan mis obras, dejemos que escriban las suyas. Si los irlandeses odian mis Dublineses, dejen que alquilen escritores a sueldo. Si los profesores y los editores de escuelas de gramática encuentran que mis oraciones rompe-mandíbulas hieren sus pequeños dientes de leche, dejemos que coman una torta suave remojada en un té flojo hecho en su propia fábrica sin Dios. Si los intelectuales chicanos quieren recortar mi "Wonderful Ice Cream Suit" para que en vez de “suit” diga “Zoot”, dejemos que se afloje el cinturón y los pantalones caigan. Entonces, enfrentémoslo, la digresión es el alma del talento narrativo. Quítenle la filosofía a Dante, a Milton o al fantasma del padre de Hamlet y lo que quedará no será más que huesos secos. Laurence Sterne dijo una vez: “las digresiones, incontestablemente, son la luz del sol, la vida, ¡el alma de la lectura! Quítenlas y entonces un frío y eterno invierno reinará en cada página”. En suma, no me insulten con las decapitaciones, las cortadas de dedos o los pulmones desinflados que ustedes planean para mis obras. Necesito de mi cabeza para decir que sí o que no, de mi mano para saludar o para hacer de ella un puño, de mis pulmones para gritar o susurrar con ellos. No consiento en ir amablemente hasta un estante, destrozado, a convertirme en un no-libro. Todos ustedes, jueces, regresen a las gradas. Árbitros, a las duchas. Este es mi juego. Yo lanzo. Yo bateo. Yo atrapo. Yo corro las bases. Al atardecer, habré ganado o perdido. Al amanecer, allí estaré otra vez, tratando de nuevo. Y nadie puede ayudarme. Ni siquiera tú.