viernes, 15 de mayo de 2015

CARLOS MAGGI entrevistado acerca de Mario Arregui

Durante el año 2009 di clases en el liceo de Ismael Cortinas. Mis alumnos de cuarto año, le hicieron una entrevista a Carlos Maggi sobre otro del 45: Mario Arregui (a quien estábamos estudiando en su momento). Uno podía tener diferencias notables con Maggi, claro, pero yo siempre le agradeceré su gesto, su compromiso y su disposición para dialogar de igual a igual con aquellos gurises.
Lo que sigue son las preguntas que le realizaron mis estudiantes y las respuestas del querido viejo Maggi. 

Entrevista a Carlos Maggi sobre Mario Arregui:


¿CÓMO CONOCIÓ A MARIO ARREGUI?

En 1942, yo tenía veinte años y con Maneco Flores Mora (un compañero de clase desde primaria hasta sexto de secundaria, donde éramos alumnos) editábamos junto con Leopoldo Nóvoa (que después fue un pintor exitoso en París) una revista llamada APEX.
Sabíamos que en el café Metro, en la rinconada de la Plaza Libertad, había una barra de muchachos que como nosotros estaban en el quehacer literario y fuimos a pedirle una colaboración a uno de ellos, Carlos Denis Molina; un maragato poeta que escribió una preciosa novela titulada Lloverá siempre.
Denis Molina había ganado un premio con una obra de teatro titulada el El regreso de Ulises.
En esa barra encontramos a Mario Arregui, conocimos sus cuentos y sus opiniones y resultó ser un tipo formidable.

¿SE SIENTE USTED HOMENAJEADO AL SER RECONOCIDO POR PERTENECER A LA GENERACIÓN DEL 45?

Mi generación no fue homenajeada, fue una generación de lucha externa, contra el falso optimismo de nuestros mayores que veían iniciarse un gran estancamiento nacional y seguían viviendo como en los años de nuestro gran apogeo batllista.
Y al mismo tiempo, fue una generación de lucha interna. Reaccionamos contra los que se aplaudían sin que hubiera méritos para ello; y al mismo tiempo, reaccionamos contra nosotros mismos, tratándonos con el mayor rigor crítico.
Yo me atreví a publicar mi primer libro, Polvo enamorado en el año 52, cuando tenía 30 años. Ya había quemado muchos cuentos y una novela, El gorro verde, que había ganado el concurso literario del Centro de Estudiantes donde Paco Espínola era integrante del jurado; que fue así como lo conocí hacia 1943. Paco era un gran maestro en ese momento y tenía 42 años. Onetti era otro gran maestro y tenía 34. Era un tiempo bueno para la cultura.

¿QUÉ ES PARA USTED LA GENERACIÓN DEL 45 DESDE UNA PERSPECTIVA INTERNA, YA QUE FORMA PARTE DE LA MISMA?

Soy uno de ellos y nada más; un escritor porfiado; y un testigo cuyo mayor privilegio es durar muchos años en plena salud. Tuve amigos entrañables con los cuales compartí la preciosa vocación humanística y un trato personal de amistad, absolutamente insustituible.

¿QUÉ CUENTO DE ARREGUI LE GUSTA MÁS? ¿POR QUÉ?
No puedo elegir con seguridad, tal vez el más perfecto y desgarrador sea “Un cuento con un pozo”.

¿SE SIENTE IDENTIFICADO CON ALGUNO DE ELLOS? ¿CON CUÁL? ¿POR QUÉ?

No. No es “UN” cuento lo que me importa. Me siento identificado con Mario y su planteamiento moral de la literatura; y corresponde fielmente a su modo de ser.
Su modo de ser y su obra se parecen mucho. Era un hombre austero, responsable y duro, escribía temas que en el fondo cuentan un solo cuento: uno y su obligación de ser auténticamente uno mismo.

¿TIENE ALGUNA ANÉCDOTA DE LA GENERACIÓN DEL 45?

Siempre pasan cosas que después, vistas a la distancia, resultan un tanto ridículas y hacen sonreír. Una vez nos cruzamos con Emir Rodriguez Monegal que era muy ácido para criticar. Yo estaba furioso con él por lo que había escrito sobre Morosoli y sobre Felisberto Hernández. Lo saludé con un: ¿qué tal?; y después me arrepentí. Di vuelta, lo detuve y le dije: No voy a saludarte más. Cada vez que te saludo, miento. No me interesa que estés bien.

¿CUÁL ES SU MAYOR RECUERDO DE ARREGUI?

Era un tipo maravilloso. Un día discutimos en el Metro hasta las dos de la mañana y cuando nos levantamos de la mesa, nos fuimos juntos caminando por 18 de julio. El vivía en Mercedes y Olimar y yo en 18 y Ejido. Cuando llegamos frente a mi casa, le dije, bastante impaciente: ¿No se cómo podés seguir con eso?
Ni me acuerdo sobre qué versaba la polémica, pero me acuerdo muy bien de la respuesta de Mario. Dijo, sin apurarse: sigo con eso porque estoy equivocado.

¿QUÉ RELACIÓN TENÍA CON ÉL APARTE DE COMPARTIR IDEAS SOBRE LA LITERATURA? ¿FUERON BUENOS AMIGOS?

Nunca recibí una mala acción o una molestia que proviniera de Mario. Fuimos grandes amigos. Cuando dejamos de ir al café fue por razones de familia. Nos habíamos casado y teníamos hijos; él pasaba temporadas en la estancia; llegaba a Montevideo y nos encontrábamos como siempre.
Era una manera muy linda de confraternizar en todo, incluido en aquello que no coincidíamos. Mario era comunista, pero cuando Maneco iba a Flores en medio de una campaña electoral, Mario le conseguía el equipo, los altavoces del Partido Comunista para la amplificación de sus actos por el Partido Colorado.

¿RECUERDA ALGÚN HECHO IMPORTANTE QUE HAYAN VIVIDO JUNTOS?

La madre de Mario tuvo un accidente de tránsito, fue hospitalizada y falleció unas horas después. Cuando Mario pudo comunicarse con la estancia, supo que su padre y su hermano ya habían salido para Montevideo, sin conocer la noticia. Iban a llegar para encontrarse con un velorio armado en su casa.
Conseguimos un auto prestado después de muchas vueltas y cuando Mario fijó el lugar y el tiempo que nos quedaba para poder atajarlos, tuvimos que salir a cien por hora.
Mario no sabía manejar. Manejaba yo, porque había tenido una cachila; pero en realidad no sabía manejar ni tenía libreta; y menos con semejante Chevrolet a todo lo que daba (creo que era de la madre del Tola Invernizzi). Es un recuerdo viejo y está borroso, años 46 o 47. Solo tengo presentes las veces que estuve a punto de chocar.

viernes, 29 de agosto de 2014

NUEVOS PERSONAJES EN LA SAGA DE AGUSTÍN FLORES

ELIZALDE, Pablo: Jefe de Investigación. Coordina el equipo que investiga crímenes inusuales.
En sus cincuenta. Viudo en circunstancias que no se aclaran. Tres hijas, de las que en la novela aparecen solo dos. Su padre padece una enfermedad en fase terminal. Gonzalo, su hermano, es sacerdote. Hay una culpa rondándolo desde hace tiempo.

FERREIRA: en sus cuarenta. Es la mano derecha de Elizalde. Cuando las cosas no van bien, se encierran juntos a hablar. Es el único del equipo que lo llama por su nombre. Ferreira es algo irónico y se las tira de seductor. No siempre tiene éxito.

LÓPEZ: también en sus cuarenta. Su carrera policial estaba destinada a la medianía hasta que Elizalde lo convocó. Es un hombre de extrema confianza. No es inteligente pero compensa con el empeño.

CUADRO: un poco más joven que López, su función principal es la de chofer. Y lo hace a la perfección, aunque con un pequeño detalle agregado que puede exasperar a sus acompañantes. Junto a López, conforman un dúo bastante impredecible.

BERMÚDEZ: treinta y pocos. Es la nueva encargada de prensa de la oficina. Es la única integrante del equipo que no fue pedida por Elizalde. Todo lo que llega a los medios pasa por ella. O al menos debería hacerlo. Según Elizalde los tiene a todos bastante movilizados. Ferreira no admite que sea una mina tan espectacular como López y Cuadro advierten. Es una mujer sensata y absolutamente confiable. Aunque Elizalde no lo ve tan claro.

Y POR SUPUESTO, AGUSTÍN FLORES. Aunque Agustín... no necesita presentación.

TEXTO DE CONTRATAPA

Los tiempos han cambiado y cuando la justicia no llega, algunos prefieren salir a buscarla con sus propios métodos.

Una serie de asesinatos macabros ocurridos durante 2013 son el eje de la acción de esta novela. Los criminales no dejan cabos sueltos y pronto la oficina de investigaciones comandada por Elizalde deberá enfrentarse con un enemigo más difícil de lo acostumbrado.

Mientras tanto, ¿dónde está Agustín Flores? Escondido de quienes pretenden esconderlo, esta cuarta entrega lo encuentra alejado de todo.

O al menos eso es lo que él cree.

domingo, 10 de agosto de 2014

Escrituras del yo (II): CABALLOS

SUEÑO. Era un caballo de pelo amarillento. Cuando lo conocí tenía cerca de treinta inviernos y era un animal bien mañero. Su trote era corto y atropellado y la boca se le había endurecido. Resultaba difícil hacerle respetar la rienda y el freno. Mi abuelo lo tenía para el charret, algo en lo que el pobre todavía podía dar una mano. Montarlo era distinto. Solo en emergencias. Con el tiempo, y sobre todo porque mi abuelo ya había dejado de prender el charret, Sueño fue resabiándose de tal forma que resultaba difícil acerársele. Ponerle los arreos ya era tarea imposible. Había dado, hacía años, lo mejor, y ahora solo quería descansar. Jamás lo vi galopar.
 MALEVO. Nunca le hizo honor al nombre. Fue un caballo manso y bueno. Llegó para ser compañero de Sueño y rápidamente se convirtió en la principal herramienta de la casa. Servía tanto para el arado como para la montura. Muchas veces un cuero de oveja era suficiente. Yo mismo, con escasos siete años, podía ponerle el freno sin problemas y, arrimándolo a algún alambrado, subirme a él a duras penas y contando siempre con su benevolencia.
  En aquel  tiempo leía las historietas de Patoruzú y las de su derivado infantil, Patoruzito. El cuerpo rechoncho y castaño de Malevo no se prestaba para confundirlo ni con Pamperito ni con Pampero, los estilizados caballos de las historietas. Pero en la imaginación de un niño cabe casi todo. Entonces galopar sobre Malevo por un potrero de Tranqueras Coloradas se convertía en una aventura de Tehuelches por la Patagonia. También eran los tiempos del Llanero Solitario y del Zorro, que montaban otros Malevos como el de mi abuelo, que ahora me llevaba raudo cerca del cañadón y que solo, sin que yo tuviera que ordenárselo, aminoraba la marcha para cruzar por el lugar de siempre, el más seguro.


TOBIANA. La llamaban así por el pelaje. Era uno de los cuatro o cinco caballos de los que disponía mi tío Eleodoro –Lelo para los amigos- en su campo de Carreta Quemada. Una yegua pesada pero rápida. Su pelaje era gris manchado ocasionalmente de marrón. No siempre estaba de buen ánimo. Fue la primera montura que tuve en la casa de mi tío, pero un buen día dejaron de dármela. Parece que había echado para atrás a algún chambón que la tendría resabiada y ahora no se la daban a los niños. Fue por eso que me tocó el mejor caballo que haya montado alguna vez.
GUAYABO. Era un animal hermosísimo. De pelaje colorado oscuro, sus patas eran blancas, al igual que la mancha que adornaba su frente desde el testuz hasta la boca. Sus líneas eran afinadísimas. Cuando galopaba era una sensación notable de felicidad. Como si el cuerpo del jinete ocasional –yo o cualquiera, pues siempre comentábamos lo hermoso que era ese galope- hubiera nacido con conexiones con el animal, lo que me recuerda aquella famosa película.
  Salíamos por el campo cada dos días. Mi tío iba en una yegua blanca y rechoncha que encabezaba las marchas. No podíamos hablarle pues iba contando las ovejas. Mi primo Daniel iba en la Tobiana. Ticoro, un hombre viejo, tuerto, cerraba la marcha junto conmigo. A veces nos acompañaba Leonel, un peón-socio de mi tío que le ayudaba con la quesería. Entre todos remedábamos una especie de compañía de arrieros de medio turno. Salíamos después del ordeñe, como a las ocho, y volvíamos a las doce. A veces había que cruzar la laguna de La Salamanca, que se formaba en un recodo del arroyo Carreta Quemada. Parecía una escena de película yanqui. Mi tío siempre me decía que no le contara a mi madre. Y yo no pensaba hacerlo.
  


miércoles, 30 de julio de 2014

EL PROBLEMA DE LA EVALUACIÓN DE LOS ESTUDIANTES


 Llegado el momento, todo estudiante debe probar que sabe algo. Para ello se han diseñado distintas formas de evaluación que generalmente responden a diversas concepciones del conocimiento, de los saberes, de lo que debe o no ser transmitido y de cómo ha de ser transmitido.
  Pero antes deberíamos plantearnos algunas preguntas.
  ¿Qué es lo que debe ser considerado “conocimiento”?
  ¿Por qué esas cosas lo son y otras no?
  ¿Con qué lógica se eligen esos contenidos y no otros?
  ¿Quiénes son las personas que seleccionan lo que debería transmitirse y lo que no?
  Los estudiantes, ¿consideran relevante lo que reciben en sus horas de estudio?
  ¿Importa, acaso, lo que los estudiantes consideren relevante?
  Y podríamos seguir con una larga lista de preguntas ante las que todos los profesionales de la educación deberían meditar. Preguntas que deberían, además, ser de interés de las familias de los estudiantes.
  Una vez sensibilizados con ellas, iremos entonces hacia el tema de la evaluación. Pertenezco a una generación de estudiantes –aquellos que cursamos la secundaria a fines de la década de los ochenta y a principios de la de los noventa –, en la que la palabra examen tenía un significado muy perentorio. Éramos capaces de pasarnos nuestras buenas ocho horas al día, desde un mes antes, estudiando para el periodo de exámenes obligatorios, que serían como máximo cinco, pues, si habíamos hecho bien las cosas (lo que no siempre ocurría, al menos en mi caso), podíamos exonerar las cinco o seis materias restantes.
  La lógica del examen era bastante sencilla: uno debía estudiar lo que el profesor había dictado en clase, de preferencia con sus propias palabras (las del profesor), y vomitarlo sin digerir de acuerdo a una serie de bolillas que se sacaban de un bolillero. El desempeño excelente radicaba en poder repetirle al profesor lo mismo que él había dicho una vez. Una experiencia que, con un poco de humor, y desde nuestra perspectiva actual, podríamos tildar de ridícula. Un hombre que se cree en poder de cierto conocimiento se lo entrega, cual objeto, a otro sujeto menor en edad y después le pide a éste que se lo devuelva, aunque él ya lo “tiene”… No resiste el más leve análisis.
  Pero hoy el asunto es un poco distinto. El estudiante de secundaria está inmerso en un proceso de evaluación permanente. Lo que es lo mismo que decir que siempre tiene los ojos de sus docentes puestos en su desempeño curricular  y en su forma de comportarse en clase frente a sus compañeros. Diagnósticos, escritos mensuales, pruebas sumativas, parciales de mitad de año, parciales de final de año, trabajos especiales y proyectos constituyen hoy la diversa fauna de criaturas encargadas de adormecer los sentidos críticos del estudiante y, sobre todo, de someterlo a un régimen donde el concepto clave es el control.

  Es muy difícil, entonces, que el estudiante se lance al mundo del conocimiento por puro gusto y por iniciativa propia. Y aun más difícil, por no decir imposible, que deje de lado el recurso de estudiar de memoria para suplantarlo por el del pensamiento creativo. Lo que termina sucediendo es lo de siempre: repetición de conceptos, ejercicios, teorías, etc., que al final no tienen nada que ver con el estudiante. Esos conceptos, ejercicios y teorías pasan por su cabeza como podría pasar un soplo de aire por un tubo de plástico. Nada cambia de estado y concluimos en que, como no se pueden evaluar más que cierto grado de conocimientos concretos, todo lo demás es irrelevante, prescindible. Y en ese “todo lo demás” que el sistema educativo no valora se meten, usualmente, la imaginación, la capacidad creativa, el pensamiento verdaderamente crítico del estudiante y la generación de un conocimiento propio que, como es nuevo, tampoco es “medible”. 

sábado, 19 de julio de 2014

Escrituras del yo (I): MIENTRAS CORRO

What happened to the funny paper?

  Dos veces por semana corro cuatro kilómetros por un camino que aquí llaman de la Costa. Acompaña en paralelo al río San José y luego de dirigirse hacia el este gira hacia el sur para desembocar en la ruta 45.
  Cosas bastante impresionantes han ocurrido allí. De algunas prefiero no hablar. Y prefiero no hablar porque simplemente tengo miedo.
  Eso del miedo es porque elijo una extraña hora entre penumbras para correr.
  En la parte del camino que va de este a oeste, cercano al mojón del kilómetro tres, hay una pequeña construcción que recuerda a un chico que hace varios años murió en un accidente. Las flores están siempre frescas. Me parece ver unas manos de mujer colocándolas en su lugar. Aunque nunca he visto a nadie.

Saw you on the TV station and it made me wanna pray…

  Aprovecho para rezar mientras corro. No lo hago porque sea católico. Lo hago por un simple y genuino temor a Dios. No está de moda el temor a Dios. Y menos si es de los inculcados a puro dogma por una catequista medio maléfica como la que tuve en suerte, aunque la recuerdo con cariño.
  Rezo el Padrenuestro. Después el Avemaría. Después dos oraciones que inventé yo mismo. Termino con el ángel de la guarda. Todo esto no dura más de medio minuto a una dicción mental ultrarrápida, por lo que repito las oraciones en cuatro o cinco series de diez mientras hago todo el recorrido.
  Cuando paso por la pequeña construcción dedico un pensamiento al chico muerto. Iba en moto a trabajar al frigorífico y una vaca se le atravesó. Así de poco trágica puede ser una muerte. Así de vacua e inexplicable.
  Siempre le pregunto a Dios acerca de aquello, mientras le rezo. Y siempre me responde lo mismo: silencio. Hay quienes dirán que eso no es una respuesta. Pero lo es.

I know you from another picture…

  En ocasiones, en vez de correr agarro la bicicleta. Entonces tengo que cuadruplicar el kilometraje. Llego hasta el punto en que el camino dobla hacia el sur y avanzo hasta que termina el bitumen. O sea, seis o siete kilómetros más.
  Odio tener viento a favor hacia el sur, mientras me alejo. Porque el viento a favor te da la sensación de que podés llegar adonde quieras.
  Pero después tenés que volver, querido amigo. Con viento en contra.
  Recuerdo un mediodía soleado con viento a favor. Mi bicicleta es una Seagull china, toda de hierro y con frenos de varilla. En reposo, es de las cosas más pesadas del mundo. Pero andando es otra cosa. Se desliza fácilmente.
  Ese día había resuelto avanzar un poco más allá del bitumen. Cuando iba más o menos la mitad del camino que había planeado pasé por un rancho. Una casa o un rancho. O ambas cosas. Había un transparente justo frente a la entrada principal. Y del transparente colgaba, por su cuello, un lagarto enorme.
  Miré de nuevo para cerciorarme.
  El animal estaba inmóvil. Seguramente el dueño del rancho lo había dejado como advertencia para otros. Aunque no sé si un lagarto puede razonar con la facilidad de aquel hombre.
  Me vino miedo y me di vuelta.


I guess you didn´t see it coming…

  He tenido algunas malas sorpresas en el camino.
  Una vez le pasé por encima, a pocos centímetros, a una serpiente enroscada. El animal pegó el salto en la dirección contraria y quedó desplegada sobre la ruta. No era muy grande pero igualmente impresionaba. Le saqué un par de fotos con mi anterior celular.
  Otro día, en la cabecera de un pequeño puente que hay pasando el segundo mojón, justo en la curva que desemboca en calle Treinta y Tres, habían hecho una macumba. Allí estaban los restos amorfos de una gallina, maíz, bolsas varias, velas derretidas y pegadas a la pequeña vereda del puente. Un escenario ciertamente singular. Recuerdo que esa vez pensé en por qué no volvía a correr en el parque, como el noventa y nueve por ciento de las personas que corren en esta ciudad.
  El parque es un ambiente mucho más civilizado. Un lugar al que uno va y simplemente corre.
  En el Camino de la Costa, en cambio, hay muchas, muchísimas operaciones mentales aguardando. Acechando. Muchas imágenes. Muchas especulaciones. Muchas preguntas.
 

The drift wood in your eyes said nothing short of love for pain

  Una gallina en un rito es algo extraño, pero algunos pueden tolerarlo.
  Un lagarto colgado del cogote, si es el lagarto que te come las gallinas, puede pasar.
  Pero en el camino hay algunas cosas peores. Porque cada tanto, flotando en el curso de agua que pasa debajo del puente, puede verse una bolsa de plastillera atada por la boca. Son perros. Probablemente cachorros que alguien no quiere cuidar. Les pegan con un palo en la cabeza, los meten a la bolsa y los arrojan. Y nadie los saca del agua.
  Intento hablar con Dios de nuevo. Sé que hay otro silencio esperándome por algún lado, y lo quiero.
 
We used to read the funny papers.

  Siempre escucho a los Red Hot Chili Peppers mientras corro o ando en bici.
  Hubo una época para las otras bandas. Sobre todo los Gun´s, que me acompañaron en aquellas corridas juveniles en pos de un esquivo puesto entre los cinco titulares de los varios cuadros de básquetbol en los que intenté jugar. También, mucho más tarde, habría lugar para U2, los Cranberries, REM.

  Pero desde hace ya varios años ningún álbum es tan bueno para correr como el Stadium Arcadium. Aunque el I´m with you se la emparda.  

sábado, 10 de agosto de 2013

UN POCO DE MITOS IRLANDESES nunca viene mal

La mitología céltica es un interesante y complejo legado de leyendas, creencias y poesía que puede abarcar territorios tan disímiles como las Galias francesas, el norte Irlandés, el País de Gales, o los míticos Cornualles británicos, donde se amaron Tristán e Isolda después de beber el filtro de amor. Todas estas regiones ostentaban como rasgo común el uso de la lengua celta, lo que las identificaba como herederas de cierta estructura socio-cultural común, ya que no de un tipo racial propio. Es posible vislumbrar los innumerables puntos de contacto del ciclo mitológico irlandés, muy particular dentro de la cultura céltica en general, con los mitos griegos anteriores en el tiempo. Estas analogías, que han sido investigadas y reinterpretadas por historiadores, poetas y narradores de diverso origen, encajan dentro de lo que C. G. Jung denominaba como “construcciones arquetípicas”, unidades de conocimiento intuitivo que se repiten en todas las culturas, o, como quería Platón, modelos primordiales y eternos de las cosas. LOS HIJOS DE DANA. En los tiempos antiguos, dos tribus ocupaban las que más tarde se denominarían Islas Británicas. Eran dos tribus rivales, cuyos nombres eran Formoré y Nemeds. Enfrentados desde el inicio de los tiempos, en la isla de Tory se desató el episodio final, conocido como la batalla de Mag Tured, a la que otros denominan como matanza de la Torre de Conaan, y en donde los Formoré arrasaron a sus enemigos. Los treinta sobrevivientes de los Nemeds, divididos en tres grupos, partieron tras la derrota hacia nuevas tierras donde establecerse. Así, uno de los grupos, al mando de Britain, se estableció en lo que hoy es Inglaterra; un segundo grupo, los Firbolg, que puede traducirse como “los hombres de Bolg”, habrían ocupado la actual Irlanda; finalmente, la última de estas razas sería la de los Tuatha de Danaan, hijos de la diosa Dana, quienes aparecerían de nuevo en los territorios perdidos con la intención de vengar la derrota anterior. ¿Y quién es Dana? Muchos autores la identifican también con el nombre de Brigit. Dana, o Brigit, es una típica diosa céltica, cuya feminidad la eleva incluso por encima de los demás dioses tutelares, que en general descienden de ella. Los Tuatha de Danaan, sus hijos, evolucionarían hasta convertirse ellos mismos en dioses. Tres de los hijos de Dana son muy conocidos en este círculo de leyendas. Sus nombres son Brian, Iuchar y Uar, aunque a veces se los designa también como Brian, Iucharba e Iuchair. Entre las prerrogativas de Dana estaba la de regir todo lo que hoy llamaríamos literatura. Los tres hijos engendraron, a su vez, un solo hijo común, conocido como Ecné: ciencia o poesía. De la tríada formada por Brian, Iuchar y Uar, es el primero el que concita más importancia como dios de lo luminoso y lo divino, mientras que los otros dos son un simple desdoblamiento acorde a criterios funcionales. El número tres, con la misma connotación cristiana de tres que forman uno, está también presente en la mitología irlandesa en relación a estos hijos de Dana. El culto de Brigit, nombre popular de Dana, fue absorbido por la reconversión mística que el cristianismo propició durante la alta edad media, con el fin de que los pueblos del antiguo imperio romano no resistieran la nueva religión. A tales efectos la diosa pagana Brigit derivó en Santa Brígida, que pasó a ser adorada con carácter nacional. FAMILIAS COMO CUALQUIERA. Balar es un dios proveniente de la raza de los formoré, caracterizado por su deslealtad y sus extraños atributos físicos: un solo ojo en la frente, con las funciones habituales de cualquier ojo, y otro en la parte posterior del cráneo, este sí con características especiales, ya que era portador del mal y debía permanecer cerrado. Al abrirlo, lo que Balar hacía en momentos de enojo, su mirada era mortal para aquel en el que se fijara. El punto de contacto con el mundo griego lo da la analogía con el mito de la gorgona Medusa, cuya mirada petrificaba a los hombres que se cruzaban con ella, y que debió ser muerta por Perseo a pedido de Polidectes. Se cuenta en el mito irlandés que Balar, cuyo tamaño era mayor que el de los hombres, mató al rey Nuadu con su mirada de rayo. Lug, que era nieto de Balar, decidió vengar a Nuadu y se aproximó por detrás ya que el ojo maligno, después de su pérfida hazaña, se había vuelto a cerrar. Al advertir el movimiento de Lug, Balar intentó abrirlo otra vez, pero su nieto fue más rápido: le arrojó una piedra con su honda, atravesándole la cabeza a través, justamente, del ojo semiabierto. Una nueva honda, en manos de un nuevo David, mató a un nuevo Goliat. Pero esta versión de los hechos es refutada por cierto relato irlandés que redimensiona los personajes y les proporciona otras vicisitudes. Al parecer cierto adivino había anunciado a Balar que sería asesinado por su nieto, quien aún no había nacido. Así las cosas, Balar mandó a encerrar a Ethné, su única hija, en una torre de piedra inexpugnable que mandó a construir en la isla de Tory. Ordenó entonces que su hija fuera asistida por doce mujeres, quienes tenían instrucciones precisas de no mencionar una sola palabra acerca de la existencia de los hombres. Ninguna de ellas trasgredió estas órdenes, pero no contó Balar con que la prisión se hallaba en lo alto de la isla, y desde allí Ethné usualmente divisaba los navíos que surcaban el mar y veía que los conductores de aquellos navíos eran seres diferentes a ella y a sus doce esclavas. Mientras tanto, Balar, que vivía en la misma isla y era un dios signado por la crueldad y el desatino, se dedicaba a molestar todo el tiempo a los demás hombres y dioses que estaban a su alcance. Un buen día llegó a sus oídos la historia de cierta vaca lechera cuya abundante producción era la novedad en Irlanda entera. Así fue que cruzó hasta la costa irlandesa, donde vivía el dueño de tan portentoso animal, un tal Mac Kineely, hermano de Gavida, el herrero, y de Mac Samthainn. Mediante una serie de ardides, Balar logró apoderarse de la vaca cuando estaba siendo vigilada por uno solo de los hermanos, a quien fue sencillo engañar. Mac Kineely decidió vengarse, presentándose en la isla vestido con ropas de mujer. Con la complicidad de un hada logró penetrar en la torre donde estaba Ethné, de quien se enamoró inmediatamente. Como resultado de esto, Ethné quedó embarazada. Más tarde dio a luz tres hijos, tres nietos de Balar, por falta de uno. Advertido el dios de estos sucesos, las represalias no tardaron en llegar. Balar envolvió a los tres niños en una tela que ató con un prendedor; acto seguido ordenó que fueran arrojados a los abismos marinos. Pero Balar no contaba con que el prendedor fallaría y uno de los niños se salvaría de la muerte rescatado oportunamente por el hada que antes había intervenido a favor de su padre. El hada, cuyo nombre nunca es mencionado, presentó el niño a Gavida, el herrero, para que lo educara. Mientras tanto la mano vengativa de Balar dejó sentir su peso sobre Mac Kineely, a quien le fue cortada la cabeza como castigo por la afrenta realizada. Más tarde, Gavida y el niño aprendiz de herrero debieron trabajar para Balar como esclavos. Cierto día, estando el joven en la herrería, Balar comenzó a jactarse de sus hazañas. Provocó así la ira de Lug, el nieto ignorado, quien le introdujo una barra de hierro al rojo vivo a través de su ojo maligno, provocándole una muerte inmediata.

sábado, 3 de agosto de 2013

CAMPO

Cuando niño pasé la mayoría de mis vacaciones en la casa de mis abuelos en el campo. Se trataba de una pequeña porción de tierra de treinta hectáreas en la zona de Tranqueras Coloradas, a diez quilómetros de Raigón y a quince de San José. En mis primeros años, mis años sin hermano, mis padres me llevaban allí en bicicleta, sentado en un asiento especial que habían adozado al manubrio. De esos viajes solo recuerdo imágenes breves, apenas destellos del camino, tonos de verde, algunos árboles muy viejos y las palmeras del tramo de la ruta 11 que une el puente carretero con la estación de Raigón, y que todavía están allí. En años posteriores íbamos en una vieja cachila anaranjada de los años cuarenta con caja de madera que mi padre se había comprado con la intención de traer cosas de la quinta de mis abuelos para la casa de la ciudad. Verduras, leche en tarro, quesos, flores que mi abuela después vendía en el mercado. Mi lugar en la cachila era la caja, sentado sobre algún buzo viejo, alguna frazada de ocasión o algún tronco que cumpliera la función de taburete. La cachila no tenía amortiguación de ninguna clase. Picaba en cada pozo del camino y sus ruedas finas se empantanaban con facilidad en el arroyo que había que cruzar para llegar a los ranchos. Más de una vez hubo que uncir los bueyes para sacarla del atascamiento. Sin embargo, todo aquello tan problemático para los adultos no dejaba de tener su lógico atractivo. Mi abuela siempre tenía monedas para darme. Claro que debía hacer algo para conseguirlas. Algo como trabajar. Aprendí a ordeñar a mano. No había muchas vacas. Apenas diez o doce, de las que me tocaban solo tres o cuatro, mientras el Pocho (peón-socio de mi abuelo) se ocupaba del resto. Mi problema mayor consistía en evitar que las vacas recién paridas «subieran» la leche para sus terneros, lo que hacían endureciendo la ubre y aflojándola a voluntad. A las nueve regresábamos a la cocina del rancho para el segundo desayuno. Rato después volvíamos a las faenas de la mañana. El Pocho colgaba un enorme tacho de hierro de un trípode y preparaba la leña. Medía la cantidad de suero exacta para la leche que habíamos ordeñado y la cuajaba. Parte del líquido se hacía cremoso y luego había que cortarlo con una paleta de madera muy fina que se pasaba como dibujando pequeños cuadrados para un tablero de ajedrez gelatinoso. Entonces encendíamos el fuego y colgábamos un termómetro del borde del tacho. Había que alcanzar cierta temperatura (que ahora no recuerdo) y mantenerla estable durante un par de horas. La cuajada se iba achicando hasta que solo quedaba una pasta hecha de grumos que debíamos revolver durante una hora. Al final la colábamos y sujetábamos con unos paños amarillos, la apretábamos en una horma y después la prensábamos con piedras y maderas dispuestas para ello. Para entonces ya serían las once y media. Mi abuelo había dado de comer a las gallinas y regresaba de la quinta. Venía de arar la tierra con los bueyes o de carpir los yuyos con la azada. Traía en un balde negro algunas verduras que de inmediato limpiaba, pelaba y ponía en una olla. Mientras tanto mi abuela había terminado de limpiar los canteros de las flores y cocinaba el almuerzo o preparaba los pormenores para la carneada del fin de semana. Al mediodía todos amargueaban durante media hora, casi siempre en silencio, un silencio que era como un manso reproche al cansancio de la jornada. Comíamos escuchando la radio. CW 41 la mayoría de las veces. En ocasiones Clarín o Carve. Para ahorrar batería, la televisión se reservaba para la noche. Después del almuerzo era obligatoria la siesta, aunque la mayoría de las veces yo prefería cambiarla por una excursión por los montes, honda en mano. Hoy me arrepiento de haber matado pájaros de esa manera. Con gusto organizaría alguna charla o seminario dedicado a niños con esta abominable costumbre... porque ese es uno de los recuerdos más torturantes que me quedan de aquellos días felices. El sábado vendrían los vecinos, el Pelado Acosta, el tuerto Mascheroni, el tío Alfredo y mis padres. Era el día de la carneada. Se madrugaba para terminar el ordeñe bien temprano y quedar ya libres para el resto de las faenas. Lo primero era traer el ternero que sería faenado junto con el chancho. Recuerdo una vez en la que resultó realmente penosa esta labor... La vaca madre se llamaba Estrella, nombre que había obtenido gracias a una peculiar mancha en el costado. El animal sabía, presumo que por los preparativos, lo que ocurriría con su hijo. No había manera de separarlos y mi abuelo debió ensillar el caballo (el Sueño o el Malevo) para llevarse a la cría al potrero más chico y enlazarlo. Los mugidos de Estrella nunca se me borrarán de la memoria. Presenció la muerte del ser que había engendrado desde el otro lado del alambrado y, a la manera vacuna, lloró y murió también un poco. Con el chancho el tema era bien distinto. No había allí madre alguna para velar o lamentarse por él. Yo me escondía siempre en el dormitorio para no escuchar los gritos y la agonía. Creo que tenía miedo de que el animal se retobara y empezara a dar dentelladas para cualquier lado. Me parecía peligroso eso que hacían los hombres. Era otro mundo. FOTO: primer plano, tranquera principal del campo de mis abuelos. A lo lejos, los árboles que rodeaban los ranchos y los galpones (que ya no están). A un costado, mi sombra, 27 años después.